CAMINO A BELÉN (1)

“Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra. Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos” (Rut 1:1).  
 
Lectura: Rut 1:1-22.
 
La historia del libro de Rut es entrañable. Se trata de una de las mejores narraciones cortas de la literatura universal. Lo que empieza como una tragedia termina siendo un estímulo a la fe y confianza en Dios para generaciones futuras. El trasfondo de Rut es el libro de Jueces, cuando cada uno hacía lo que consideraba bien en sus propios ojos. Elimelec no fue ninguna excepción y, como consecuencia, llevó a su familia lejos de Dios, pero su mujer, que era temerosa de Dios, los llevó de vuelta al Señor, ubicados de nuevo bajo la bendición de Dios. Veamos.  
 
En tiempos de hambre en Israel, un padre de familia opta por emigrar a Moab y abrazar su cultura casando a sus dos hijos con moabitas. En el curso del tiempo los tres varones de la familia fallecen dejando a la viuda, Noemí, como la responsable del mantenimiento de sus dos nueras. Fue entonces que llegó la noticia de que “Dios había visitado a su pueblo para darles pan”. Enseguida las tres mujeres se encontraron en el camino de regreso a Belén.
 
Dejar a Moab por Belén implica mucho. Es dejar los dioses y la cultura del paganismo de este lugar para ampararte bajo la ley del Dios de Israel, y todo el mundo no está dispuesto a hacerlo. Noemí se daba plena cuenta de lo que les costaría a sus nueras y las dejó libres para tomar sus propias decisiones sin coacción alguna. Hizo constar que no podía prometerles ningún futuro en su tierra natal. En la encrucijada del camino a Belén, una de las nueras optó por regresar a su familia y a sus dioses, mientras que la otra, Rut, se agarró a su suegra con la famosa decisión: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada… sólo la muerte hará separación entre nosotras dos”. Fueron las palabras clásicas de una verdadera conversión: entrega y compromiso vitalicio.
 
Las dos mujeres causaron no poca conmoción al llegar a Belén, evidentemente desgraciadas, desvalidas y dejadas de la mano de Dios delante de los ojos de todos los vecinos. Pero esto queda por ver. ¿Abandona Dios a los que, en su extrema necesidad, se echan en humildad y obediencia sobre su misericordia? Esto es lo que queda por ver en la experiencia de estas mujeres.
 
Una auténtica conversión hoy día es igualmente definitiva como fue la de Rut. Consiste en dejar la cultura mundana para formar parte del pueblo de Dios, en sumisión a la Palabra de Dios, en viva obediencia y dependencia del Dios de Israel. 
 
Reflexión: Si dejamos al mundo para seguir a Cristo, ¿qué hemos perdido?

               

 Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.