“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los dice: ¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:66, 67).
Lectura: Juan 6:56-63.
Jesús en su enseñanza a la multitud dijo algo que ellos no podían entender, y no querían recibir. Hablaba de comer su carne y beber su sangre. La conversación empezó cuando hablaba de su sacrificio en la cruz que nadie entendía: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (6:51). Como creyentes modernos estamos acostumbrados a pensar en la Palabra de Dios como el pan de vida y en Jesús como el maná del cielo, pero aquí está diciendo algo diferente, a saber, que su muerte en la cruz es nuestro alimento, que es lo que nos da vida, de la misma manera que el comer nos sostiene la vida. Si no recibimos su muerte por nosotros, su carne crucificada y su sangre derramada, no tenemos vida en nosotros.
Es muy fácil creer en un Jesús que enseña parábolas bonitas a la multitud, o hace milagros; esto es bonito, pero creer en un Cristo crucificado con nuestra única vida, sin la cual estamos muertos, esto es más chocante para la gente del mundo. No lo entienden, se ofenden y dejan a Jesús. Nuestros amigos y familiares inconversos no quieren escuchar esta palabra. Un Cristo crucificado como el que da y sostiene su vida no les gusta.
Cuando me desvío del camino de Sion, como algunos parecen haberlo hecho,
oigo a mi Señor y Salvador decir: “¿Me abandonarás tú también?”
Ah, Señor, con un corazón como el mío, a menos que Tú me sostengas firmemente, siento que debo declinar, y probaré ser como ellos al final.
Pero sé que sólo Tú tienes poder para salvar a un miserable como yo.
¿A quién o adónde podría ir si me alejara de Ti?
Sin duda alguna, estoy seguro de que Tú eres el Cristo de Dios,
que tienes la vida eterna asegurada por la promesa y por la sangre.
Ninguna voz sino la tuya puede darme descanso y alejar mis temores;
ningún amor sino el tuyo puede hacerme feliz y satisfacer mi corazón.
¡Qué angustia me ha provocado esta pregunta, para que yo también me desvíe,
pero, Señor, confiando en tu Palabra, nunca me iré!
Y nosotros que hemos creído el evangelio, ¿nos ofendemos por algunas cosas duras que dice Jesús, como, por ejemplo, la necesidad de ser crucificados con Él (Gal. 2:20), o la de tomar nuestra cruz y seguirlo? ¿Vamos a volver al mundo para estar más cómodos? ¿Elegimos la muerte, porque es ley de vida? Pedro dio la única respuesta viable cuando contestó a la pregunta de Jesús: “¿Queréis acaso iros también vosotros?, con sus palabras famosas: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (6:68). Fuera de Jesús crucificado no hay vida, ni hoy, ni eternamente.
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