«En mi gran aflicción clamé al Señor y él me respondió. Desde la tierra de los muertos te llamé, ¡y tú, Señor, ¡me escuchaste! Me arrojaste a las profundidades del mar y me hundí en el corazón del océano. Las poderosas aguas me envolvieron; tus salvajes y tempestuosas olas me cubrieron. Me hundí bajo las olas y las aguas se cerraron sobre mí” (Jonás 2:1-3, 5).
Lectura: Jonás 2:4-10.
¿A veces has tenido la sensación de que te estás hundiendo? Estás en una situación que te desborda, que te sobrepasa, te supera, y ves que las olas ya han cubierto tu cabeza. Vas para abajo. Tu mente vuela, y te acuerdas de Jonás. Piensas, este hombre se hundía, y Dios lo sacó de allí. Pues, también me puede sacar de esta para hacerme realizar todo el plan que tiene para mí. No está todo perdido. Todavía haré lo que Dios me llamó a hacer, y lo haré con éxito, como Jonás. Esta es fe.
Jonás era un hombre muerto, y Dios lo resucitó, por así decirlo, para ser el misionario más grande de todos los tiempos. Llevó toda una nación a Dios. Esto es precisamente lo que hizo Jesús. Resucitó para llevar a la humanidad a Dios.
La fe contempla una situación que no tiene solución alguna y recuerda ejemplos bíblicos de cosas parecidas, y cobra ánimo. Clama a Dios y le dice: “Me hundo. No obstante, creo que tú harás para mí lo mismo que hiciste para Jonás”. Deposita su fe en Dios, y remonta en alas de fe. Se va la desesperación y viene la paz.
La fe también contempla a personas que no tienen solución humana. Te das cuenta de que no hay nada que puedas hacer para ayudar a esta persona o hacerla cambiar. Confiesas a Dios que por mucho que lo intentes, no puedes. Te supera. Te rindes. Luego alzas la vista al cielo y contemplas a tu Dios. No hay nada imposible para Él. Ni siquiera hay cosa difícil.
Y viene a tu mente el ejemplo del discípulo Juan que era una persona violenta[1]. Quería enviar fuego del cielo para fulminar a la gente mala. Enjuiciaba. Condenaba. No admitía la posibilidad de salvación para esta gente. ¿Y qué hizo Dios? ¡Lo transformó en el apóstol del amor! Cambió su carácter para que pudiese realizar el plan que Él tenía para su vida. Y tu fe se remonta para creer que el Mismo que cambió a Juan puede cambiar a esta otra persona. Depositas toda tu fe en el Señor y crees que Dios lo va a hacer. Y esta fe te da descanso ¡hasta el punto de que empiezas a alabar a Dios por lo que hará!
Tenemos a un Dios que cambia a situaciones y a personas difíciles. No le cuesta nada, y se deleita en hacerlo.
[1] Iba a escribir sobre Juan, pero encontré que Google ya lo había hecho, así que lo incluyo en la meditación siguiente.
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