EL ENEMIGO Y EL ESPÍRITU EN NUESTRAS RELACIONES (2)

 

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7).

Lectura: 2 Tim. 1:3-8.

            Este texto es buenísimo en cuanto a relaciones entre nosotros y merece que meditemos un poco más en él. Ya hemos quedado en que hay toda una variedad de espíritus que pueden interferir entre nosotros y el hermano. Jesús identificó el espíritu que tuvo Pedro cuando le aconsejó a Jesús a que no fuese a la cruz: “Pero él volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres de tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mat. 16: 23, 24). Hay un espíritu mundano, con mentalidad de este mundo. Pedro no era mundano en el sentido de ir a la discoteca, sino en el sentido de amar su propia vida y sus propios criterios y guardarlos como oro en paño. Es un cuidado exagerado del cuerpo y de la salud que, en este caso, no entregaría el cuerpo al martirio, que siempre es una posibilidad si vamos a seguir a Jesús. El Espíritu Santo en Jesús chocó con el espíritu mundano que operaba en Pedro.

            Dios no nos ha dado un espíritu mundano, ni un espíritu egoísta, ni mandón, ni justiciero, ni rebelde, ni iracundo, sino un espíritu de poder, de amor y de dominio propio. Estas tres cualidades del Espíritu Santo figuran mucho en nuestras relaciones.

  1. Un espíritu de poder: “Fortalecidos con poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad” (Col. 1:11). ¡Con el poder de Dios podemos aguantar al hermano que sea! Con el poder de Dios en nosotros podemos soportar al hermano con paciencia y longanimidad, es decir, con tanto poder que la paciencia no se agote, sino que perdure años y años.
  1. Un espíritu de amor. El Espíritu del amor es el Espíritu Santo en nosotros que ama y ama y ama. Dios nos ha dado este espíritu. Es el Espíritu con el que hemos sido sellados hasta el día de la redención. ¡Sí que tiene aguante! Podemos entristecerlo, pero nos sigue amando. No perdemos la salvación, porque nos ha sellado hasta Aquel Día (Ef. 1:14). “El amor nunca deja de ser” (1 Cor. 13:8), es decir, el amor de Dios en nosotros. Siempre nos encontramos amando al hermano, no importa lo que nos diga. Este es el amor ágape, sobrenatural, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (Rom. 5:5), y mantiene las relaciones fraternales no importa qué. 
  1. Un espíritu de dominio propio. Este espíritu es vital para mantener buenas relaciones. Dios nos ha dado un espíritu de dominio propio, por un lado, y, por otro, tenemos que aprender a disciplinarnos, tanto en lo que decimos, como en lo que no decimos o hacemos. No decimos la primera cosa que viene a nuestra mente. Pensamos antes de hablar. Usamos nuestra boca solo para edificar. Controlamos nuestra mente y cultivamos pensamientos positivos acerca de nuestros hermanos. Controlamos nuestras emociones. Si nos enfadamos, esperamos el momento adecuado para hablar. Evitamos confrontaciones carnales. Con este espíritu de poder, amor y dominio propio mantenemos las relaciones fraternales.     

 Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.