“Y no contristéis el Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30).
Lectura: Ef. 5:25-32.
En la iglesia primitiva las relaciones entre creyentes eran complicadas. Entre judíos y gentes de otros países surgían tentaciones debido a cuestiones de dinero, comidas, dones, personalidades, y opiniones acerca de compañeros de viaje. Detrás de estas desavenencias estaba el espíritu del maligno, Satanás, que se metía para crear divisiones, pero las personas no se daban cuenta de que estaban metiéndose en su juego.
Recordaréis cómo lo señaló Jesús cuando Pedro quiso seguir el camino del diablo. Le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mat. 16:23). Satanás se había metido entre Pedro y Jesús, hablando por boca de Pedro. Jesús lo reconoció y mandó al enemigo fuera enseguida. En esto Jesús es nuestro ejemplo. Selah.
En aquel caso Pedro estaba hablando dirigido por la sabiduría que viene del diablo. Pues, hay una sabiduría “que desciende de lo alto”, y una sabiduría diabólica: “porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos. El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:13-18). Si hay celos amargos y discordia, detrás está Satanás dividiéndonos. ¿Cuál es el espíritu que está detrás de nuestras palabras, el Espíritu de Dios o el espíritu de Satanás? Se ve por los frutos que produce.
Este conflicto entre el Espíritu Santo y Satanás se refleja en nosotros en el conflicto entre el viejo hombre y el nuevo hombre (Ef. 4:22-24). “Airaos, pero no pequéis…ni deis lugar al diablo… No contristéis al Espíritu Santo de Dios” (Ef. 4:27, 30). ¿Cómo entramos en el juego del diablo? Dejando que el sol se ponga sobre nuestro enojo, hablando palabras corrompidas, teniendo amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y malicia (Ef. 4:26, 29, 31). Cuando hacemos estas cosas delatamos de qué espíritu somos, no del Espíritu de Dios, sino del diablo.
Cuando Jesús y los discípulos quisieron pasar por una aldea de Samaria en el camino a Jerusalén, los aldeanos no quisieron recibirlos y Jacobo y Juan respondieron: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:54, 55). Realmente no lo sabían. Y esto nos sigue pasando. No nos damos cuenta de qué espíritu somos cuando enjuiciamos a otros. Que el Señor nos lo identifique por nosotros.
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). Aquí vemos los dos espíritus, el Espíritu de Dios y el espíritu de cobardía que procede del diablo. En este caso el espíritu de cobardía obraba para frenar los dones que Dios había dado a Timoteo (2 Tim. 1:6). Hay muchas clases de espíritus malos que proceden del diablo además del espíritu de cobardía. Hay un espíritu justiciero que juzga y condena al hermano. Hay un espíritu crítico. Hay un espíritu de queja, un espíritu de amargura, un espíritu de descontento, un espíritu de orgullo y muchos más. ¿De qué espíritu somos? Se verá en los frutos que produce.
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