EL ÚLTIMO TRAMO

“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51).
 
Lectura: Lucas 9:51-56.
 
“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén”. En esta pequeña frase tenemos plasmado el planteamiento de Jesús de su vida. Toda su vida era un caminar hasta el momento de ser recibido arriba. La meta no era la cruz, la meta era terminar todo lo que tenía el Padre proyectado para Él. El texto no dice: “Cuando se cumplió el tiempo en que él tenía que morir, afirmó su rostro para ir a Jerusalén”, como pensaríamos que diría, sino “el tiempo en que él había de ser recibido arriba”. El ir a la cruz solo era un trámite, un hito en el camino, aunque el más importante en el gran plan del Padre. Fue a Jerusalén para morir como parte del camino de regreso a Casa.
 
Lo mismo es cierto de nosotros. El Padre tiene un gran plan para nuestras vidas y cada incidente, tanto pequeño como grande, forma parte del propósito más importante; no es la finalidad en sí misma, sino un componente necesario en el camino que nos conduce al Cielo. Nosotros tendemos a quedarnos parados fijándonos en las grandes tragedias de nuestra vida, pero Jesús las miraba solo como partes necesarias del camino a Casa. Que Dios nos conceda el tener este concepto de la vida para no quedarnos enganchados en el dolor, sino cautivados por la visión de ser recibidos arriba.
 
Otra cosa vemos en este pasaje. En contraste con el “ser recibido arriba”, está el mas “no le recibieron” de los de Samaria. Esto nos recuerda lo que escribe el apóstol Juan: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Desde luego esto es doloroso. Jesús lloró sobre Jerusalén. Pero el recibimiento de su Padre contaba mucho más en la estimación de Jesús que el rechazo de los hombres. Los brazos amantes del Padre eran la meta de su vida. Ser recibido por Él significaba ser aprobado, aceptado totalmente, haber complacido al Padre, tenerlo orgulloso de ti. Es para alcanzar esta meta que subimos a Jerusalén, porque el Padre lo quiere, y, cuando lo hayamos hecho, Él lo agradece como algo hecho para Él.  
 
Hay muchas cosas desagradables en la vida que tenemos que hacer porque el Padre las ha puesto en el camino. Las podríamos esquivar, pero no lo haremos nunca si amamos al Padre. Las sufrimos. Pasamos por ellas, conscientemente, aunque nos rompe el corazón, deliberadamente. Vamos caminando paso a paso hasta Jerusalén, al lugar de más sufrimiento, con los ojos puestos en el final del camino, en la Jerusalén celestial, en la Casa del Padre, y en el gran recibimiento que nos espera al final del camino en los brazos del Padre.

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