“… fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. No le recibieron, porque su aspecto era como de ir a Jerusalén. Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:52-54).
Lectura: Lucas 51-56.
Hay un celo por el Señor que no lo honra. Es perseguir a los que no creen igual que nosotros. Es el espíritu que los que no conocen a Dios han usado contra la Iglesia de Cristo desde sus inicios, y el mismo espíritu que muestran unos cristianos contra otros cristianos que no están de acuerdo con ellos en ciertas doctrinas. Dios no aprueba ninguna de las dos cosas, ni de paganos contra cristianos, ni de cristianos contra cristianos. Tampoco aprueba las divisiones entre los que somos de Él.
En este caso el Señor reprendió a sus discípulos diciendo: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois”. Estaban engañados. Creían que hablaban inspirados por el Espíritu de Dios, y que fulminar a los incrédulos samaritanos agradaría a Dios, pero era el espíritu del diablo que desea la destrucción de las almas el que operaba en los discípulos en aquellos momentos. Si hubiesen fulminado a los samaritanos, éstos no tendrían ninguna oportunidad de salvarse. Jesús dijo: “El Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (9:56), Jesús no vino para fulminar, sino para salvar. Mostró esperanza y paciencia hacia los que no lo recibieron, esperando que en el futuro cambiasen de opinión. Esta, sí, es la actitud que hemos de tener hacia los que no son creyentes, paciencia y fe en Dios que puede llegar al corazón más duro.
Luego “se fueron a otra aldea” (9:56). Esta es otra actitud que hemos de tener, la de no insistir con los que no quieren saber nada, sino la de dejar que tomen sus decisiones libremente sin coaccionar. Si nos rechazan, duele, pero no insistimos. Respetamos su decisión y los dejamos. Vamos a otro lugar donde puede ser que nos reciban.
Así que, frente al que no nos recibe, ni al Señor, ni a nosotros, porque vamos con Él, hemos de:
- No fulminarlos.
- Tener paciencia y esperanza por ellos, deseando que cambien.
- Dejarlos en paz de momento.
Esto implica respeto por nuestra parte, y fe en Dios, que aun puede obrar sin que nosotros estemos presentes.
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