UN ABISMO

“Un abismo llama a otro abismo en el rugir de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas se han precipitado sobre mí” (Salmo 42:7, BTX).
 
Lectura: Salmo 42:6-10.
 
            Hay un abismo dentro de nosotros que clama a otro abismo aún más profundo, que es Dios. Atrapada en la corriente de la angustia interna, sumergida y ahogándose, el alma clama a Dios: “Esta es la oración al Dios de mi vida: que de día el Señor mande su amor, y de noche me acompañe” (42:8). Su necesidad de Dios es apremiante. Le pide dos cosas, el amor de Dios y su presencia. ¿Tú pides algo más? El salmista se sentía “sumamente angustiado” (42:6).  Dice: “Le digo a Dios, mi Roca: ¿por qué me has olvidado? ¿Por qué debo andar de luto y oprimido por el enemigo? Mortal agonía me penetra hasta los huesos ante la burla de mis adversarios, mientras me echan en cara a todas horas: ¿Dónde está tu Dios?” (42:9-10). A todas luces Dios lo ha abandonado a la voluntad del enemigo. “Desde lo profundo, oh Dios, a ti clamo” (Salmo 130:1). Lo más profundo de nosotros clama a las profundidades incalculables de Dios en medio de un mar de perplejidad, buscando alivio de la opresión del enemigo y claridad en medio de sus perversas mentiras. ¿Dónde está mi Dios? Está aquí conmigo en la oscuridad de mi abismo.
 
            Dios es “mi Dios” (42:6). No lo he repudiado. Sigue siendo mi Dios aun cuando me hundo. Él es “el Dios de mi vida” (42:8). Será mi Dios a lo largo de toda mi vida, no importa lo que me esté pasando. Es el Dios de mis noches además del Dios de mis días. Es el Dios de mis montañas y de mis valles. El Dios de mis mares turbulentos además de ser el Dios de mis aguas de reposo. Y Él es “mi Roca” (42:9). Es mi estabilidad cuando “las aguas han entrado hasta el alma” (Salmo 69). Como dice el himno: “Hay un lugar de tranquilo descanso, cerca del corazón de Dios” Por eso le clamo que me mande su amor de día, y su presencia de noche. Por el día puedo ser consciente de su amor, observarlo y experimentarlo. De noche necesito paz para descansar, y esta puedo tenerla cuando me acompaña su presencia: “que de día el Señor mande su amor, y de noche me acompañe” (42:8). “De día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo” (42:8, RV60). En las noches del alma, si escuchamos, podemos escuchar el cántico del Espíritu de Dios, como el arrullo de una madre meciendo a su niño en la cuna, calmándolo.
 
            La única respuesta del alma en la oscuridad de la angustia es la fe, y la única palabra de Dios en medio de la tempestad es “paz”.
 
        
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