LA RELACIÓN DE JESÚS CON EL PADRE

“Yo hago siempre lo que le agrada” (al Padre) (Juan 8:29).
 
La relación de Jesús con el Padre fue una relación de amor, dependencia, sumisión y confianza.
 
AMOR
Jesús amaba tanto al Padre que, en comparación, no se amaba a sí mismo ni a nadie más. No obstante, amaba a otros con un amor inconmensurable. Amaba a los perdidos con compasión y a los discípulos como «las ovejas de mi Padre». Jesús sabía que el Padre le amaba y que Él agradaba al Padre. El Padre era el único al que quería agradar. Así Jesús no se hundió a causa del tremendo rechazo que sufrió por parte de los hombres. Jesús amaba al Padre y recibía su amor. En aquella relación de dar y recibir, Jesús encontraba todo lo que le hacía falta para satisfacer sus necesidades emocionales y capacitarlo para el cumplimiento de su misión en un mundo perdido. El amor fue la fuerza que motivaba todas las interacciones de Jesús con los hombres. Nunca dependía del amor de los hombres; sin embargo, siempre podía dar amor, porque éste venía de los recursos inagotables del Padre. Jesús encontró su seguridad y realización en el amor del Padre.
 
¿Cómo puedes amar a una persona sin necesitarla? Si yo lo encuentro todo en mi relación con mi Padre celestial, entonces no necesito a nadie más. Le escucho a Él, Él me entiende; estoy completa en Él (Colosenses 2:20). Si no necesito a los demás, ¿para qué están? Para amarlos. Si me corresponden con amor es mejor para ellos, porque el amar los beneficia; pero no dependo de su amor para sentirme realizado. Tampoco lo voy a rechazar. Lo recibiré y lo ofreceré al Padre. Jesús se daba cuenta de que, si alguien lo amaba, era porque amaba al que lo envió. Cuando alguien me ama, espero que sea a causa del Señor en mí; o sea, que lo que provoca su amor sea lo que ven de Cristo en mí. Así que, hilando fino, su amor le pertenece a Él de todas maneras. Por lo tanto, no necesito a nadie para satisfacerme a mí misma; sin embargo, recibo todo el amor que me dan y lo ofrezco al Padre, que es la fuente de todo amor y el único merecedor de ello.
 
DEPENDENCIA
La enseñanza que Jesús dio no era suya, sino del Padre. El juicio de Jesús era el del Padre. “No hago nada por mi propia autoridad”. Jesús era la parra que el Padre, como hortelano, atendía. Era el oído al cual el Padre hablaba. Era la boca que se abría para hablar las palabras del Padre. Sus manos tocaban a la gente y el poder sanador del Padre fluía a través de ellas. “Las obras que hago en nombre de mi Padre…”. Jesús fue simplemente una gran flecha señalando hacia el Padre. Nunca llamaba la atención hacia sí mismo. Nunca buscaba su propia gloria. Fue dirigido por su Padre. Buscaba consuelo en Él. No levantaba un dedo, no daba un paso, no hablaba una palabra sin que el Padre lo guiase: “No mi voluntad, sino la tuya”. Todo en la vida de Jesús venía de Dios y volvía a Dios, y Él era solamente el canal conductor.
 
SUMISIÓN
La sumisión va muy ligada a la dependencia. Jesús podría haber dependido del Padre para todo y luego haberse rebelado contra Él al ver que su camino lo llevaba a la muerte. Pero no lo hizo. “Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). La obediencia no es posible si nunca me piden algo que no quiero hacer. La sumisión de Jesús se expresa perfectamente en sus palabras a Pedro: “¿No beberé de la copa que el Padre me ha dado?”.
 
CONFIANZA
“Aunque me mate, todavía confiaré en Él” (Job 13:15). Jesús se encontró muerto en la tumba, incapaz de hacer nada por sí mismo (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”), habiendo confiado en que el Padre lo levantaría de los muertos. Si el Padre no lo hubiera levantado de los muertos, todo se habría acabado allí. Su nombre nunca habría sido vindicado. Su vida habría sido un testimonio contra Dios. “Confió en Dios; líbrele ahora si le quierePara que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Corintios 1:9). ¿De dónde sacó Pablo el ejemplo?
 
        
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