EL SALMO 16 EN BOCA DE JESÚS (2)

“En Ti he confiado” (Salmo 16:1).
 
Lectura: Salmo 16:1-11.
 
            Jesús es el ejemplo perfecto de lo que significa confiar en Dios cuando la obediencia a Dios te conduce a un aparente fracaso.
 
            El Señor Jesús es la encarnación de toda la Escritura. No solo la obedeció, en el cumplimiento de ella; toda profecía habla de Él, todos los símbolos bíblicos hablan de Él: Él es la peña partida, la roca que siguió a los israelitas por el desierto, el maná del cielo, el velo rasgado en dos; también es el verdadero Israel, porque hizo todo lo que Israel debería de haber hecho y no hizo: es la Luz del mundo, el Hijo obediente del Padre, el que obedeció a la perfección la ley, el cumplimiento de todos los sacrificios hechos en el templo; es la repetición de lo que hizo Israel: fue bautizado, fue tentado en el desierto, salió victorioso para vencer al enemigo y establecer el reino; es “Isaac” en el altar, es “Jonás” resucitado y convirtiendo a los gentiles, es “el Hijo de David”, reinando en su trono eternamente.
 
            Los apóstoles en el día de Pentecostés citaron este salmo profético de la resurrección de Jesús: “Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (16:9, 10). Vieron en Jesús su cumplimiento literal: “Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia” (Hechos 2:25-28). Jesús murió confiando en que el Padre no lo dejaría en la muerte, ni permitiría que su cuerpo se corrompiese, sino que lo resucitaría a la vida, lleno de gozo en su presencia. Pedro sigue hablando de cómo Jesús es el cumplimiento de este salmo, el 16, como también lo es de los salmos 89, 132, 110, 132 (Hechos 2:29-36). Y concluye diciendo: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).
 
            Los salmos proféticos sirven para demostrar que Jesús de Nazaret es el Mesías prometido.  
 


        
 
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