“Porque yo ya estoy para ser derramado como una ofrenda de libación, y el tiempo de mi partida ha llegado” (2 Tim. 4:6).
Lectura: 2 Tim. 4:6-8.
Este fue el texto que el Señor le dio a David para compartir con su madre el domingo que celebramos nuestro último culto con ella, hace muchos años ya. Toda la vida de su madre había sido ofrendada al Señor, puesta en el altar en sacrificio vivo. En el Antiguo Testamento la libación es el acto final después de terminar todo lo prescrito del sacrificio. Sobre la víctima ya ofrecida se derrama una copa de vino para consumir la ofrenda, como broche de oro, como sello final. Esto es lo que está diciendo el apóstol Pablo, que su vida ha sido sacrificada al Señor y su martirio es el sello final. Salvando las distancias, lo mismo ha sido cierto de mi suegra. No muere como mártir, pero su muerte está siendo muy costosa y ella igualmente ha aceptado lo que el Señor ha deparado para ella, y en ello, y por medio de ello, ella está glorificando al Señor (ver Juan 21:19).
¡El texto que el Señor me dio a mí para compartir con ella aquel día fue el que viene a continuación! “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe, en el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (v. 7, 8). Este texto se aplica igualmente a mi suegra, sin duda alguna. Ha sido una poderosa mujer de Dios. Al terminar de leer estos versículos, ella agachó la cabeza y se puso a orar rogando al Señor que viniese pronto.
El día siguiente fue nuestro último día juntos y seguramente la última vez que veremos a mi suegra en este mundo. Todos estábamos muy conscientes de este hecho. Con el viejo himnario en mano que habíamos usado muchas veces durante nuestra visita, cantamos himno tras himno acerca de nuestra gloriosa esperanza como creyentes acerca del día que nos despertaremos en el palacio del Rey. Como cristianos tenemos dos opciones: o bien el Señor viene a por nosotros o bien nosotros nos vamos para estar con Él. Parece que a la madre de David le va a tocar esta segunda opción. Tenemos un precioso legado de himnos que versan sobre este tema. Ella no podía cantar bien, pero pronunciaba las palabras con nosotros, y le salieron del alma. Tenemos tristeza al despedirnos, pero no como los de este mundo que no tienen esperanza. La nuestra es gloriosa. Nos acordamos de la hermana de mi suegra a la que ella verá dentro de poco. La tía Rut murió con 29 años. Se despidió con el himno: “Muy pronto cambiaré estas nubes negras por cielos despejados; mi Salvador tiene mi tesoro, y yo caminaré con Él”.
No hay nada como ser creyente. Nos despedimos con música porque vamos a la tierra de día eterno donde ya no hay más noche, ni lágrimas, ni más despedidas. “Cuán gloriosa será la mañana cuando venga Jesús el Salvador”, “Algún dorado amanecer Jesús vendrá”, pero si no viene antes, Él nos llamará a sí mismo, para que donde está Él allí estemos nosotros también, texto que la madre de David repetía con frecuencia y gran ilusión. Nuestra esperanza no podría ser más gloriosa.
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