“Desde entonces Jesús comenzó a declarar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes, y de los escribas, y ser muerto, y ser resucitado al tercer día” (Mateo 16:21, BTX).
Lectura: Mat. 16:13-21.
Estas dos palabras, “desde entonces” son la bisagra del evangelio de Mateo. Dividen el evangelio en dos partes. Marcan el final de la primera sección y el comienzo de la segunda. La primera sección termina con la pregunta de Jesús acerca de quien dice la gente que es. Nos puede parecer una pregunta extraña. La gente sabía cómo se llamaba, pero no conocían su verdadera identidad. A primera vista la gente pensaba que era un maestro o un profeta, pero, con el tiempo, empezaba a descubrir que era más que esto. Nadie había hecho los milagros que Él hizo. Finalmente fue Pedro el que contestó acertadamente: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (16:17).
Ahora que los discípulos habían descubierto su verdadera identidad, estaban en condiciones para saber cuál era su misión: “Desde entonces Jesús comenzó a declarar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes, y de los escribas, y ser muerto, y ser resucitado al tercer día”. Siendo el Hijo de Dios, Jesús tenía más categoría que un rabino o profeta. Solo Él tenía los requisitos para ser el Salvador, porque ningún ser humano podía salvar a la humanidad del poder del pecado y de Satanás, ni podía librarla de la muerte. Tuvo que ser Dios y hombre perfecto para que su sangre tuviese el valor para pagar la deuda de la humanidad entera, y tuvo que ser hombre perfecto para que no tuviera que estar pagando por su propio pecado.
Los discípulos habían pensado que Él había venido para establecer su reino en breve, a tomar su poder y reinar, pero Jesús les dice que iba a morir y resucitar. Ellos habían pensado que iban a tener importantes puestos en su reino, pero Él les dice algo muy diferente: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (16:24). En lugar de tener los primeros puestos en su reino, iban a sufrir con Jesús. Llamar a sus seguidores a pagar un precio alto para seguirlo sólo pudo venir después de saber que Jesús mismo iba a sufrir para conseguir su reino. Llamar a sus seguidores a sufrir sin sufrir Él mismo no habría conseguido la lealtad hasta la muerte de nadie.
Todo viene en orden: comprender que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; saber que Él tiene que sufrir, morir y resucitar, y después conocer el precio que tienen que pagar los que quieren ser sus seguidores. Se tiene que sopesar todo esto para tomar una decisión responsable en cuanto a Jesús. ¿Estoy dispuesto a tomar mi cruz e ir en pos de Él? Si lo hago, ¿qué me espera?
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