“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27).
Lectura: Ef. 5:28-32.
Ayer un amigo nos presentó a su novia de pocos meses. Teníamos muchas ganas de conocerla para ver cómo eran el uno para con el otro, si se compaginaban como pareja, si había complementariedad, si tenían cosas en común. Últimamente he ido pensando en el paralelo que el apóstol Pablo señala entre el Señor y el creyente: “Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (5:32). ¿Cómo compaginamos con Él? Para formar una buena pareja, tiene que haber compatibilidad en muchas áreas. No se va a casar un catedrático con una analfabeta, ni un gigante con una enana, ni un esquimal con una de la Amazonia. No se va a casar un viudo con cuatro hijos con una mujer dedicada cuerpo y alma a su carrera. Y, obviamente, no se va a casar un creyente con alguien que no lo es: porque “¿Qué parte tiene el creyente con el incrédulo?” (2 Cor. 6:15).
El Evangelio es la historia de cómo Cristo bajó del cielo para buscarse una novia. Para ello tuvo que humillarse: “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2: 7, 8). Hubo un trecho enorme entre Cristo y la que iba a ser su Novia, pero Él lo superó convirtiéndose en hombre y humillándose para ser el más bajo de los hombres. Así efectuó nuestra salvación, haciéndose igual a nosotros. Pero después Dios lo exaltó hasta lo sumo (Fil. 2:9) y otra vez se produjo un trecho enorme entre los redimidos y su Señor. ¿Y ahora qué? Ya ha comprado la novia a precio de su propia sangre, pero existe una gran incompatibilidad entre el creyente nuevo y el Señor Jesús glorificado.
Aquí es donde entra la obra del Espíritu Santo. El Señor Jesús bajó para salvar a la Novia, pero ahora el Espíritu tiene que hacer subir a la Novia para hacerla compatible con el que será su esposo. Este proceso se llama santificación. Llena el abismo que existe entre el creyente y su Señor. Ella es ruda e inculta y tiene que ser reeducada para alcanzar el nivel de realeza que tendrá que ocupar como esposa del Rey. ¡El Espíritu Santo tiene mucho trabajo que hacer para convertir esta piedra tosca en estatua de Miguel Ángel! Si el trozo de mármol tuviese sentimientos, se quejaría bajo la obra del cincel. No los tiene, pero nosotros, sí, y duele mucho. El ojo del Artista ya ha visto en su mente la figura en que se va a convertir el trozo de mármol, pero el mármol solo siente dolor. Pensamos que vamos a morir en el proceso. A veces el dolor es casi insoportable, pero el Artista continúa. Le hace mucha ilusión su trabajo porque visualiza el resultado. Está formando la mujer perfecta para el Novio. Con cada golpe está superando el abismo que existe entre los dos. Al final ella va a ser esta persona que el Señor tendrá el placer de tener a su lado para toda la eternidad. Podrán conversar tú a tú con naturalidad. Ella nunca será una diosa, pero será la compañera idónea para su Señor: “Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido, Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos… y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima…” (Apoc. 21:2, 3, 10, 11). El producto final de la obra del Espíritu Santo será precioso, digno de su hermoso Señor. Alabadas sean las manos lastimadas del gran Escultor.
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