“La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos… secos en gran manera” (Ez. 37:1, 2).
Lectura: Ez. 36:1-14.
Profetizar es hablar una palabra recibida de Dios con el poder de Dios que da vida. En esta visión, Dios manda al profeta que profetice a personas que están más que muertas, para hacerlas vivir: “Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y dile: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis” (36:4, 5). El profeta profetizó y los huesos se juntaron para formar esqueletos y los esqueletos se cubrieron de tendones y carne y se cubrieron de piel, pero aún no vivían. Eran cadáveres enteros, pero muertos. Hacía falta una segunda operación.
“Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán” (37:9). El profeta profetizó y vino el Espíritu de Dios, y estos cadáveres cobraron vida: “Y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo” (27:10). La primera operación consistía en predicar la Palabra de Dios a los muertos, y hubo una respuesta inicial, estaban mucho mejor, pero todavía muertos. La segunda operación consistía en hablar a Dios para que mandase su Espíritu sobre los muertos y les diese vida.
Podemos pensar en Pedro, por ejemplo. Había estado con Jesús durante tres años y había recibido la Palabra de Dios, pero aún estaba muerto, por así decirlo. Estaba bien instruido, había ido en misiones de evangelización y Dios había hecho milagros por medio de él, pero aún no estaba regenerado. No había recibido el Espíritu Santo. En aquella situación no estaba en condiciones de poner el mundo al revés. Hasta que no llegó el Día de Pentecostés no se transformó en el hombre lleno del poder de Dios que llevaría a miles a los pies de Jesús.
Hablamos a los hombres y luego hablamos a Dios; predicamos y oramos. Nosotros podemos hablar, pero no podemos dar vida. Para ser salvos la gente necesita la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios. Necesita recibir el mensaje del Evangelio y necesita recibir el Espíritu Santo. Sin una obra de parte de Dios de transmitir su Espíritu al hombre que está muerto en sus delitos y pecados, no hay vida, no hay regeneración, y no hay salvación: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados… aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef. 2:1, 5). Dios envía su Palabra y Dios envía su Espíritu. Hacen falta las dos cosas para que haya una verdadera conversión. La salvación es obra de Dios. Él usa a un creyente en el poder de su Espíritu para predicar la Palabra de la Cruz y luego envía su Espíritu al hombre que se ha arrepentido y creído el Evangelio para regenerarlo y hacerlo hijo suyo.
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