“Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aún más excelente. Si yo hablase lenguas humanas y angélicas y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe… Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis. Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios. Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (1 Corintios 12:31; 13:1; 14:1-4).
Lectura: 1 Cor. 12:28-31).
Pablo dedica dos capítulos a los dones espirituales y su utilidad en la iglesia. En medio de su discurso sobre los dones, habla de la preeminencia del amor que es más importante que los dones, pues sin el amor los dones no funcionan. Si uno no ama a los hermanos, es inútil que les predique, pastoree, evangelice, o sirva en cualquier capacidad. Una persona que no se siente amada por él no va a recibir su ministerio. Después de constatar la importancia del amor, el apóstol vuelve al tema de los dones. Nos insta a procurar los dones mejores (12:31), sobre todo, que profeticemos. Define la profecía. En este contexto la profecía no significa predecir el futuro, sino dar una palabra de edificación, exhortación, o consolación (14:3), o bien a una persona, o bien a una congregación.
Pablo da un valor muy alto a la profecía. El don consiste en recibir el mensaje que Dios quiere comunicar y transmitirlo a otros. Dios nos da una palabra para dar a otros. No es cuestión de hablar de lo que nos parece, ni decir lo que siempre hemos pensado, sino de transmitir lo que hemos oído de Dios (Is. 50:4). Dios no habla a la iglesia con voz audible, sino por medio de sus profetas. La palabra que damos procede de Él. No es para ventilar nuestro enfado, ni expresar nuestras frustraciones, u opiniones particulares. Si Dios te ha mostrado lo que anda mal con un hermano, no es para que lo critiques, o insultes, o lo pongas verde, sino para corregirlo y edificarlo. Si le hablas en tono de desprecio o enfado, no recibirá tu corrección. Lo único que conseguirás será sacar tu enfado y dejarlo hecho polvo, pero esto no lo edifica, ni lo ayuda. Tu percepción no lo habrá beneficiado. El Señor te habría revelado su problemática en vano. Pues él habrá quedado igual que antes, o peor, y tú te habrás ganado un enemigo.
El afán de hacer que el otro vea sus fallos no participa del don de la profecía, sino de nuestra carnalidad y deseo de venganza. “El amor a la verdad”, como se llama para justificarlo, no edifica, ni al otro, ni a ti. El deseo de arrojar la verdad a la gente es un pecado que cuesta mucho quitar de nuestro carácter. Procede de nuestro sentido equivocado de la justicia. Para dar una palabra de corrección de parte de Dios tenemos que estar libres de todo deseo de venganza, odio, y rencor, y acercarnos al hermano con un corazón contrito y humillado, conscientes de nuestras propias deficiencias, con compasión por el otro, y una palabra que realmente ha procedido de Dios que puede edificarlo y bendecirlo. Esta palabra procede de nuestra comunión con el Señor motivada por el amor al hermano. Este es el don de exhortación profética que trae edificación y consuelo, porque comunica el amor de Dios por él y el deseo de Dios de ayudarlo, y va acompañado del poder de Dios para cambiarlo y transformar su vida.
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