LA FE DE ABRAHAM

“No se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara” (Romanos 4:19).
 
Lectura: Rom. 4:18-22.
 
 La fe de Abraham no hizo cálculos con nada fuera de lo que Dios había dicho. Para él la promesa de Dios era lo único que contaba. No le importaba lo que pasaba en su cuerpo, ni en el de su esposa. Que fuese imposible que tuviesen un hijo no tuvo importancia para él. Lo único que le importaba era lo que Dios había dicho, y lo creía. Lo creía tanto que estaba dispuesto a matar a este hijo con la confianza de que, aun si lo matase, Dios todavía lo usaría para darle un nieto. Claro, es imposible estar muerto y engendrar hijos, pero esto no le importaba a Abraham. Solo le importaba lo que Dios había dicho, porque cuando Dios habla las cosas llegan a existir. Yo estoy asombrada y humillada delante del Señor porque Él es tan grande que puede hacer cualquier cosa.
 
El pasaje que tenemos por delante es uno de los muchos que estimulaba mi fe cuando estaba esperando la conversión de mi hija. Es la fe que llama a la existencia cosas que no existen. Es asombroso. La fe cree y lo ve; ve lo que no existe todavía. En este caso vi a una Becky convertida y sirviendo a Dios. Yo leía este pasaje y pensaba: “Esto es lo que Dios va a hacer”. En ello puse mi fe, no en nada visible, sino en lo que Dios iba a hacer. Él iba a hablar la palabra y transformarla, y crear algo que no existía, una nueva Becky, tal como hizo al crear al mundo (Gen. 1:3). Con su Palabra llegó a existir. Llama las cosas a la existencia. Si tuviésemos más fe, recibiríamos más. Amado Padre, pedimos que nos digas lo que quieres que creamos. En lugar de pedir, ¡creer!
 
Abraham no oró: “Por favor, Dios, dame una patria”. Tampoco pidió un hijo. La iniciativa parte con Dios. Solo empezó a caminar para encontrar lo prometido. Pasó toda su vida caminando hacia la ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. No la encontró en este mundo, porque estaba caminando hacia la ciudad eterna, la nueva Jerusalén que baja del cielo. En efecto, esperaba cielos nuevos y tierra nueva. Lo nuestro es una caminata de fe que dura toda la vida. No llegaremos hasta que Dios no baje lo prometido del cielo. Abraham pensaba que iba a recibir un país pequeño, pero en lugar de algo temporal, de esta creación, recibió algo vasto, eterno, ¡en proporción al Dios que prometió! ¡Dios lo hizo heredero del mundo!
 
Abraham es nuestro modelo. Seguir su ejemplo es creer que esta persona será transformada; creer que tendremos toda la provisión de Dios; creer que Dios va a edificar nuestra iglesia; creer que Dios va a usar a un amigo nuestro en sus propósitos; creer que va a transformar a nuestros seres queridos; y creer que seremos útiles en el lugar donde nos ha puesto. Todas estas cosas recibimos por fe.
 
            ¿Qué es lo que Dios te ha pedido creer hoy? ¿Qué quiere hacer mediante tu fe?


        
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