“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Gálatas 5:19-21).
Lectura: Gal. 5:18-23.
Una hermana hizo un autoinventario para ver cómo iba espiritualmente. Tuvo que reconocer que era culpable de un buen número de las cosas que figuran en la lista de las obras de la carne. Hizo otra lista del fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, y, para su disgusto encontró que, en su caso, la lista era muy corta. Tiene trabajo por delante. Pero su honestidad fue refrescante. Qué bueno cuando reconocemos que aún tenemos mucho que aprender y nos levantamos para asumir el desafío. Otra hermana que comentó el texto estuvo pensando en su reacción frente a un hombre en su trabajo que va por la vida como prepotente, pero mete la pata a menudo por su incompetencia. Ella podría haber encubierto sus fallos, pero los expuso a plena luz delante de toda la plantilla para que los demás viesen sus limitaciones. Después ella se dio cuenta de que esto era una manifestación de su carnalidad, y tuvo que pedir perdón al Señor. También pudo identificar un área de debilidad en ella: siempre que ve una persona con ineptitud y orgullo, ella reacciona mal. Esta combinación la provoca a ira. Ahora, reconociéndolo, sabe dónde tiene que aplicar el fruto del Espíritu.
Vamos a pensar en esto. Frente a una persona tonta y orgullosa, ¿cómo debe manifestarse el fruto del Espíritu? El amor de Dios por esta persona en concreto tiene que salir a flote. Hemos de verla como una persona que Dios ama. No debemos permitir que su carácter nos quite el gozo del Señor. Que no se apague la canción del Espíritu Santo en nuestros corazones. Paz; a paz nos ha llamado Dios. Que no entremos en ninguna discusión inútil y contraproducente con ella. La paciencia es primordial. Que la perdonemos vez tras vez, tras vez. Que respondamos con la respuesta blanda que quita la ira. Que seamos amables y benignos, aunque la otra persona no lo sea. Nunca hagamos daño a la persona que nos ha provocado. Nuestra bondad tiene que manifestarse devolviéndole bien por mal, sirviéndola, pasando por alto sus fallos, y recogiendo después de sus destrozos. Mostrar fe significa tener fe en que Dios te está usando para trabajar en esta persona, que Dios todo lo puede, y en que basta la gracia de Dios para el momento de la prueba. Uno tiene que estar alerta buscando la salida que Dios prometió proveer en toda tentación y prueba. Mansedumbre: esta es humildad. No vamos a dejar que nuestro orgullo responda a la provocación. Para ello hace falta templanza, un firme control de nosotros mismos, para no tropezar con las piedras que el otro deja por el camino. Si respondemos a las obras de la carne del otro con el fruto del Espíritu por nuestra parte, iremos bien.
“Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
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