“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).
Lectura: Gal. 5:16-21.
¡Las obras de la carne tienen vida propia! Llegan a formar parte de nuestro carácter y son muy difíciles de quitar. Llegan a ser hábitos. Son estas: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Gálatas 5:19-21). ¿Cómo, pues, podemos controlarlas? Aquí el apóstol lo explica con una sola palabra: las hemos crucificado. Si las hemos crucificado, ¿cómo es que todavía están vivas? Porque la crucifixión es una muerte lenta. La persona crucificada en tiempos romanos podía durar días, dependiendo de su fuerza física. En principio hemos crucificado las obras de la carne, ¡pero suelen bajar de la cruz! En la práctica las hemos de volver a crucificar, muchas veces. Ratificamos la decisión que tomamos cuando pusimos nuestra fe en el Señor Jesús.
Pablo expresa la misma idea en su carta a los romanos. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom 8:13). El secreto está en la expresión “por el Espíritu”. El poder del Espíritu puede lograr lo que nosotros, con nuestro propio poder, no podemos hacer. Es por el Espíritu, o sea, en el poder del Espíritu, que hacemos morir las obras de la carne. Jesús murió en el poder del Espíritu y nosotros también: “Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” cuando fue crucificado (Heb. 9:14). Nosotros vamos a la cruz con nuestro pecado y en el poder del Espíritu Santo lo clavamos a la cruz para que muera la muerte lenta de crucifixión. El pecado no quiere morir. Lucha. Pero el poder del Espíritu lo sujeta para que podamos clavarlo a la cruz.
Después de convertirnos, en nuestro proceso de santificación, el Señor nos va señalando fuertes fortalezas de pecado que necesitan morir para que nosotros seamos libres para hacer la voluntad de Dios. Declaremos que aquella cosa es pecado. Puede ser el orgullo, el mal genio, la queja, la crítica, el negativismo, el egoísmo, el perfeccionismo, el controlar a otros, lo que sea, y nosotros lo llevamos a la cruz en oración en el poder del Espíritu, y lo dejamos allí hasta que muera. Y así, poco a poco vamos reclamando todo el territorio de nuestro corazón para el Señor Jesús.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón, pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad” (Salmo 139:23, 24), y, en el poder de tu Espíritu lo llevaré a la cruz, para que muera con Cristo, y así te pueda servir con corazón puro. Amén.
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