“No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).
Lectura: Lucas 22:39-46.
El día que renunciamos a nuestra voluntad y nos rendimos totalmente al Señor para lo que quiere con nuestra vida es el día que realmente conseguimos nuestra libertad, porque, hasta entonces, el capataz no era Jesús sino nuestro Yo. Él es nuestro libertador: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Esta es una paradoja como lo son muchas otras aparentes contradicciones que forman parte de la vida cristiana. Damos para recibir. Servimos para reinar. Cuando rendimos nuestra voluntad conseguimos lo que realmente queremos. “Todo aquel que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mat. 16:25). El autor de este himno explora el tema de las paradojas:
Llévame cautivo, Señor y entonces estaré libre;
Oblígame a entregar mi espada y seré conquistador.
Me hundo en las alarmas de la vida cuando confío en mí mismo;
Tómame preso dentro de tus brazos y fuerte estará mi mano.
Mi corazón es débil y pobre hasta someterse a su Dueño.
No tiene mecanismo estable, depende de la cuerda que le doy.
No puede moverse con libertad hasta que no forjes su cadena;
Esclavízalo en tu amor incomparable, e inmortal reinará.
Mi poder es frágil y débil hasta que aprenda a servir;
Necesita el fuego para brillar y el viento recio para moverse;
No puede cambiar el mundo hasta no ser cambiado por ti;
Mi bandera solo puede ondear cuando tú soplas desde el cielo.
Mi voluntad no es mía hasta que no la hagas tuya.
Para alcanzar el trono real tiene que renunciar a su corona;
Solo se pone firme en medio del conflicto estridente,
Cuando se reclina sobre tu pecho y encuentra su vida en ti.
Totalmente consagrados al Señor Jesús, encontramos nuestra completa realización.
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