“El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas…Y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían” (Lu. 24:1,9, 10, 11).
Lectura: Lucas 24:1-12.
Para estimular nuestro orgullo como mujeres, notamos que los primeros creyentes ¡fueron mujeres! Su devoción a Jesús había sido constante durante todo el tiempo de su pasión. Estas mujeres lo habían seguido desde Galilea atendiéndolo como siempre: “Jesús iba por todas la ciudades y aldeas, predicando y anunciando el Evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, Susana, y otras muchas que le servían con sus bienes” (Lucas 8:1-3). Lo siguieron hasta Jerusalén, vieron su buena recepción al entrar en la cuidad, su rechazo subsecuente, su paseo por las calles con la cruz a cuestas, su muerte atroz y su sepultura. Son ellas las que fueron a envolver su cuerpo con especias aromáticas y, en lugar de encontrar su cadáver, dieron con dos ángeles quienes les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (24:5, 6). Los ángeles les recordaron que Jesús les había dicho cuando aún estaban en Galilea que era “necesario que el Hijo del Hombre fuese entregado en manos de hombres pecadores, y que fuese crucificado, y resucitase al tercer día” (24:7). “Entonces ellas se acordaron de sus palabras”, ¡y creyeron! No presentaron ninguna objeción. No pusieron ninguna condición para creer. Simplemente creyeron; y fueron a promulgar las buenas nuevas a los once y a todos los demás, ¡pero los hombres no creyeron!
La reacción de los hombres no fue tan automática, ni tan inmediata. Ellos dudaron: “Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían”. Esto es típico de la diferencia entre hombres y mujeres. Le cuesta menos a la mujer creer. Ve un ángel delante de ella diciendo que Jesús ha resucitado, y ¡cree! ¡Los hombres ven a Jesús mismo y piensan que es un espíritu!: “Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu” (24:36, 37). Jesús le dice a María Magdalena: “¡María!”, y ella cree. Él aparece delante de diez de los discípulos y Tomás se niega a creer diciendo: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25). La mujer es más rápida para creer. Es más rápida en divulgar las buenas noticias del Evangelio. La primera persona que Jesús comisionó para dar el Evangelio a los hombres fue una mujer: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios, y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor” (Juan 20:18). Pero no hay ninguna evidencia de que la creyeran, porque el texto indica que ellos no creyeron hasta la noche cuando Jesús se puso en medio de ellos (Juan 20:20). La mujer es más fiel también. Las mujeres no desertaron a Jesús como los discípulos en el huerto de Getsemaní, sino que estuvieron con Él todo el rato. El hombre necesita evidencia fehaciente para creer, razona más que la mujer, pero una vez que ha sido convencido, no hay quien lo pare. Es valiente. Estos discípulos pusieron el mundo patas arriba. Llevaron el evangelio a los cuatro confines de la tierra, y todos menos Juan terminaron siendo mártires por amor a Jesús. Jesús tuvo una hermosa relación con las mujeres y una poderosa colaboración con los hombres; a ambos los empleó en la transmisión del Evangelio.
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