“Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les había acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan” (Lucas 24:33-35).
Lectura: Lucas 24:25-32.
Jesús había resucitado, pero, a pesar del testimonio de las mujeres (24:9-12), los discípulos aún no creían. Dos del grupo salieron de Jerusalén y fueron caminando tristes y desconsolados hacia la aldea de Emaús. Iban lentamente, hablando de los eventos de los días anteriores, sin entender nada. Mientras iban, Jesús se acercó a ellos y les abrió las Escrituras para que entendiesen que “era necesario que el Cristo padeciera estas cosas” (24:26). Les hizo un repaso de todas las Escrituras para que entendiesen que el rechazo y la crucifixión del Mesías, y su resurrección habían sido profetizados: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (24:27). Ellos escucharon fascinados y querían que siguiese hablando. Al llegar a su destino lo invitaron a quedarse a cenar con ellos, puesto que se hacía tarde y el día ya había declinado. Entonces, a la mesa, cuando Él partió el pan, sus ojos fueron abiertos y lo reconocieron, “mas él desapareció de su vista”.
Claro, era necesario poder escuchar tranquilamente la base bíblica de la muerte y resurrección del Cristo antes de reconocerlo, porque, si se les hubiese dado a conocer antes, la emoción habría hecho imposible su concentración en la enseñanza que les hacía falta oír. Pero una vez visto el Señor y entendida la enseñanza, ¿qué iban a hacer? ¿Guardarlo todo para sí mismos? Imposible. Si ya has visto al Señor no es posible. Lo tenían que compartir. Su gozo era imposible de contener. Es más, ellos formaban parte de un grupo muy compenetrado, y sentían la necesidad imperiosa de compartir esta información maravillosa con sus amigos que aún no sabían que Jesús estaba vivo. Necesitaban estar con los otros creyentes para decirles lo que les había pasado, que habían visto al Señor, y compartir con ellos el entendimiento que habían recibido en la clase magistral que Jesús les había dado en el camino a Emaús. Necesitaban a sus hermanos.
Así que se dieron media vuelta y volvieron a Jerusalén. No se sabe seguro donde está Emaús. Puede ser que fuera un viaje de unas horas. Ya anochecía cuando llegaron a Emaús. Tuvieron que preparar la cena. Ya habría sido de noche cuando se sentaban en la mesa. Si cenaron o no después de recibir el impacto de la maravillosa revelación de Jesús, no lo sabemos. Sí sabemos que reemprendieron el viaje a Jerusalén. No tenemos suficiente información como para calcular a qué hora llegaron, habría sido muy tarde, pero lo que sí sabemos es que había un amor y unos lazos tan fuertes con los otros creyentes que tuvieron que volver para estar con ellos. Al llegar encontraron a los once discípulos y a los que estaban con ellos, o sea, ¡a otros creyentes también! Ya estaban todos juntos otra vez y, “mientras aún hablaban de estas cosas, ¡Jesús se puso en medio de ellos!”. Ya su gozo fue completo, ¡pero Él tuvo que convencerlos de que era Él! Esta ya es otra historia. Lo que queremos enfatizar ahora es cómo los creyentes se necesitan, cómo se aman, lo dispuestos que están a viajar lo que haga falta para estar juntos, y cómo el Señor hace acto de presencia cuando están reunidos en su Nombre.
Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.