LA REVELACIÓN DE DIOS

“Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” (Apocalipsis 22:1, 2).
 
Lectura: Apoc. 22:1-5.
 
            Esta revelación de la complicidad entre la Persona de Dios, del Padre, del Hijo y del Espíritu, está envuelta en una música de muchas armonías que se unen para producir un concierto que en un momento resuena con una verdad, y en otro, con otra, dejándote con la sensación de paz, de una obra completa, que forma parte de la misma Persona de Dios.
 
            Tenemos un trono en el que está Dios y el Cordero, ambos con la misma autoridad, y de esta unión sale el Espíritu Santo en forma del río de vida que pasa por la Cuidad, que resulta ser el pueblo de Dios y la Nueva Jerusalén, fructificado por el paso del Río que riega los árboles que están a ambos lados del río. Resulta que los árboles son el árbol de la Cruz multiplicado, resucitados. El tronco muerto que formó la Cruz fue plantado como esqueje en la tierra fértil al lado del río, donde agarró y produjo fruto en abundancia, doce clases de fruto que representan a los redimidos de todas las naciones del mundo, una hermosa variedad de personas, fruto de la pasión de Cristo en aquella Cruz, ahora viva, como la vara de Aarón que reverdeció y echó flores y dio su fruto. Las hojas de estos árboles son para la sanidad de las naciones, porque la sanidad de la Cruz es la salvación, y esta es el resultado de la Cruz, cuyo fruto son los salvos de las naciones del mundo entero.
 
            Y todo esto ha obrado Dios para dar lugar a una nueva creación en la cual no hay más maldición, como en el primer paraíso, sino bendición, la presencia del trono de Dios y del Cordero presente con sus siervos que le sirven de día y de noche, porque allá no hay noche. No tienen necesidad de luz de lámpara, o del sol, porque Dios el Señor los iluminará. Su luz es comprensión, es entendimiento, es ver a Dios con toda claridad; “verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”; lo verán no visiblemente, sino efectivamente, y las caras de los redimidos brillarán con la luz de Dios y sus ojos se iluminarán con su verdad, reflejo de los ojos de Dios que ellos verán con toda claridad en el día eterno. Seremos suyos. Su nombre escrito en nuestras frentes significa que se adueña de nosotros, nos reconoce como sus hijos, el fruto del padecimiento de Cristo en la Cruz, sanos y sirviendo a Dios con obras que reflejan su gloria y hablan del perdón que ha obrado la Cruz y de la santidad que ha obrado el Espíritu Santo, del Árbol y del Río, todo ideado por el Trono. Este es Dios y su obra.   


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