“Con todo esto, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada” (Isaías 53:10).
Lectura: Isaías 53:7-9.
El Señor Jesús es nuestro ejemplo, no solo en su comportamiento, sino también en el curso que tomó su vida. Nosotros nos identificamos con él en su muerte y resurrección y también en la sucesión de las etapas de su vida. Todo lo que compuso su vida también se cumple en la nuestra.
Dios lo sujetó a “padecimiento”. Lo quebrantó, y también nosotros hemos de someternos a quebrantamiento y dejar que Dios cumpla su propósito en nuestro sufrimiento. Cristo sufrió por nuestros pecados. Nosotros sufrimos para morir al pecado en nosotros que forma una parte intrínseca de nuestro carácter, para morir a nosotros mismos, a nuestra voluntad, a nuestra carnalidad, a lo pecaminoso en nuestra vieja naturaleza. Este es el proceso de santificación que Dios está llevando a cabo por medio de nuestro intenso sufrir. Estamos siendo refinados para parecernos más a Cristo en el fuego de la prueba. Duele mucho, pero la finalidad de Dios es muy buena. ¡Pero esto no es el fin!, aunque pensamos que vamos a morir de angustia.
La fase siguiente es “ver linaje”. Como en el parto, se sufre para dar a luz a hijos. El fruto es el resultado del dolor. Se traduce en hijos físicos y espirituales que resultan de nuestro dolor. Pablo decía que estaba de parto hasta que Cristo fuese formado en los que él llevó al Señor (Gal. 4:19).
“Vivirá por largos días”, esto es, eternamente. El Señor resucitó después de su padecimiento, y nosotros también, morimos muchas veces y resucitamos muchas veces (1 Cor. 15:31), cada vez a una vida espiritual más profunda, a más plenitud en el Espíritu Santo, a mayor santidad. El sufrimiento nuestro no conduce a la muerte, sino a plenitud de vida.
“Y la voluntad de Jehová” será en su mano prosperado”. El sufrimiento nos prepara para llevar a cabo la voluntad de Dios para nuestras vidas. Antes no estábamos en condiciones para servir al Señor por había tendencias pecaminosas en nosotros que estorbaban. Teníamos hábitos, reacciones, tendencias, características que impedían el ministerio que Dios tenía para nosotros. Por ejemplo, no puedes pastorear una iglesia si no has aprendido a amar. Si estás amargado con la vida, no puedes ser buen evangelista. Se eres impaciente, no puedes ser buena madre. Si eres inconstante no puedes servir a otros; uno día los harías bien y el siguiente, mal. Los escollos tienen que ir al fuego de la prueba para que podamos realizar la voluntad de Dios para nuestras vidas.
Un patrón emerge de la vida de Jesús que se cumple en la nuestra: sufrimiento programado por Dios; quebrantamiento; linaje; vida abundante; y la realización de la voluntad de Dios por medio de nuestra vida. ¡El plan de Dios es perfecto y dará su fruto!
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