“Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan” (Lu. 24:35).
Lectura: Lu. 9:16; 24:30.
Jesús se reveló a los discípulos de Emaús en el partimiento del pan. Es como le conocemos, en la cruz, partido por nosotros. “Tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado” (Lu. 22:19), y le vemos voluntariamente partiéndolo delante de nuestros propios ojos. Quiso darse por nosotros, quiso alimentarnos de sí mismo, entregarse a nosotros y vernos participar de él. Nos sirve a sí mismo con amor.
No fue la primera vez que se reveló de esta manera. Pasó con Abraham, cuando volvió victorioso de la batalla. Melquisedec salió a su encuentro y le ofreció pan y vino, y lo bendijo: “Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino; y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra” (Gen. 14: 18, 19). El pan y el vino son una celebración de victoria sobre nuestro enemigo espiritual y Jesús, como nuestro Sumo Sacerdote, celebra su victoria con nosotros en el partimiento del pan, servido por Él mismo. Se revela como el que nos ha dado la victoria.
Lo mismo ocurrió en otra ocasión. Rut había trabajado duramente bajo el sol de Palestina en los campos de su Redentor que estaban blancos para la cosecha, y para refrescarla sale su redentor y le ofrece pan y vino en la compañía de sus otros siervos. Se revela como nuestro Redentor que nos da descanso en medio de nuestra labor para Él. Refresca y restaura nuestra alma. Nos llama a descansar y nos hace de anfitrión: “A la hora de comer le dijo Booz; Acércate aquí y come del pan y moja tu bocado en el vinagre. Entonces ella se sentó junto a los segadores, y él le dio grano tostado, y ella comió hasta que se sació, y le sobró” (Rut 2: 14). El pan y el vino (otras versiones) la satisficieron. Jesús nos adereza una mesa delante de nosotros y nos sirve con sus propias manos. Comemos de su cuerpo y bebemos su sangre y se restaura nuestra alma. Lo conocemos en el partimiento del pan.
Lo mismo ocurrió en la alimentación de los cinco mil: “Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente” (Lu. 9:16). Los mismos verbos se repiten partiendo el pan con los discípulos de Emaús: “Tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio” (24:30). Fue entonces que sus ojos fueron abiertos, cuando recordaron que lo habían visto hacer lo mismo con la multitud.
Jesús como nuestro Sumo Sacerdote intercede por nosotros sobre la base de su cuerpo partido y su sangre derramada que nos han proporcionado la victoria sobre el enemigo de nuestras almas. Como nuestro Redentor nos invita al pan y al vino con el cual nos ha salvado. Y como Salvador resucitado se revela a nosotros al cenar con nosotros cuando una vez más parte el pan sentado con nosotros en su mesa.
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