“… porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró sor sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa” (Heb. 6:13-15).
Lectura: Heb. 6:11-15.
Cuando Dios dio la promesa a Abraham juró por sí mismo que la cumpliría. Le prometió una tierra, una descendencia y que todas las naciones del mundo serían bendecidas por medio de Él: “De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gen. 22:17, 18). Abraham, habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. ¿Sí? Abraham murió con solo un hijo, sin ver el pleno cumplimiento, pero con una indicación, esto sí. La descendencia de Abraham sigue creciendo y las naciones del mundo siguen recibiendo bendición por medio de él. Israel ha ocupado la Tierra Santa, pero lo que Dios le prometió era el mundo entero. Si hubiese vivido para ver todo cumplido, ¡Abraham todavía estaría vivo!
“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándole de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Heb. 11: 13).
Lo que hemos visto cumplido hasta hoy es solo el embrión del evangelio. El evangelio promete todo esto: tierra, la bendición del mundo, y descendencia. Nosotros tenemos estas mismas promesas. Fuimos salvos en esperanza, pero aún no se ha cumplido toda la promesa. Esto para nosotros puede ser desconcertante. ¿Dios promete y no da? Evidentemente Abraham no recibió todo lo que Dios le prometió. ¿Cómo hemos de entender esto? Cuando la Escritura dice que Dios ratificó la promesa con juramento, que juró por sí mismo que la cumpliría, esto quiere decir que ya lo tenemos, porque Dios no puede mentir. Esta es la idea. Abraham no tiene todo lo prometido, pero sí que lo tiene, porque tiene la promesa y la promesa vale tanto como el cumplimiento, porque Dios no puede cambiar y Dios no puede mentir. Tenemos “la inmutabilidad de su consejo”, de su Palabra, por un lado, y, por otro, y “es imposible que Dios mienta” (v. 18). Las promesas de Dios son inmutables y, por lo tanto, no hace falta juramento, pero Dios, conociendo la debilidad de nuestra fe, juró. Lo que hemos de entender es que la promesa es igual que el cumplimiento. Si tenemos fe en la promesa, tenemos lo prometido. En este sentido Abraham recibió todo lo prometido y lo sigue recibiendo, porque la promesa sigue cumpliéndose. Su familia sigue creciendo, y un día su Descendiente heredará el mundo entero. Esta es la mentalidad bíblica y la mentalidad de Dios: lo prometido ya está.
En la mentalidad de Dios, lo prometido lo tenemos ya: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14, 15).
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