“Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido” (Lucas 24:21).
Lectura: Lucas 24:18-25.
De esta conversación fascinante entre Jesús, a quien no reconocieron, y los dos discípulos de Emaús, se desprenden muchas enseñanzas prácticas para nosotros como seguidores del Invisible. Hoy vamos a hablar del tema de nuestras esperanzas. A veces ponemos todas nuestras esperanzas en algo que creemos que va a ocurrir, pero no sucede. Entonces nos sentimos desilusionados y defraudados, tristes y desanimados. Nos amargamos. Tenemos ganas de tirar la toalla. Nos vamos al otro extremo: pensamos que aquello nunca pasará, y esto, simplemente porque no ocurre en el plazo que nosotros habíamos marcado. Estos discípulos le dijeron al Desconocido que caminaba con ellos: “Además hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido”, o sea, ya es imposible que se realice. “Efectivamente”, nosotros decimos, “fue ¡al tercer día!; justo cuando Jesús dijo que iba a resucitar, y ya lo ha hecho”, pero ellos, o bien no se habían enterado de su profecía, o no la recordaban. Ellos mismos habían fijado un plazo, y se había caducado. Por esto habían perdido toda esperanza de ver sus expectativas realizadas. Es más, ya tenían pruebas de que lo que esperaban había ocurrido, pero sus ojos estaban cegados a esa evidencia. Dijeron: “Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive” (24:22, 23). No creyeron a las mujeres. No sucedió exactamente de la forma en que ellos pensaban que tenía que suceder. ¿Qué tipo de redención esperaban? Tenían la esperanza de que Él iba a redimir a Israel, ¡y lo había hecho!
Trazamos un plan para Dios y esperamos que Él lo cumpla exactamente como lo habíamos imaginado, pero no sucede así. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Perdemos toda esperanza? ¿Nos rendimos? ¿Abandonamos el lugar donde esperábamos que ocurriesen esas grandes cosas? ¿Pensamos que Dios nos ha fallado? ¿Nos enfadamos? Si lo hacemos, nos entristecemos profundamente. Eso fue lo que Jesús señaló al comienzo de la conversación: “¿Por qué estáis tristes?”. El punto es que estaban tristes porque no esperaron lo suficiente. Se causaron a sí mismos mucho sufrimiento y tuvieron que desandar el camino de vuelta a Jerusalén. No permanecieron con el resto de los discípulos donde habrían descubierto mucho antes que Jesús había resucitado, y se habrían evitado mucho sufrimiento. ¿Qué nos pasa a nosotros? ¿Intentamos programar a Dios? ¿Somos tercos? ¿O dejamos espacio para que Dios actúe en el tiempo que Él ha establecido? ¡Efectivamente, era el tercer día! Las cosas habían sucedido exactamente como Jesús había dicho. Él dijo que resucitaría al tercer día, y lo hizo. De hecho, ¡hoy es el tercer día! Toda nuestra vida es el tercer día: cada día vemos a Dios obrando y cumpliendo lo que ha prometido. Que esperemos su tiempo. Que estemos en el lugar del cumplimiento de lo prometido con los demás discípulos.
Querido Padre, abre nuestros ojos. Quita el velo de nuestros ojos y muéstranos lo que has hecho. ¡Amén!
Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.