EL LIBRO DE FILEMÓN (2)

   

 “Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te ruego por amor, siendo como soy, Pablo, ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo; te ruego por mi hijo Onésimo” (Filemón 8-10).
 
Lectura: Filemón 8-10.
 
Pablo quiere que Filemón haga una cosa que él considera correcta. Esto no significa que Filemón lo vea igual. Lo más probable es que tenga otro punto de vista. Hay cosas que unos ven de una manera y otros de otra, y los dos tienen razón. Pablo tiene autoridad apostólica sobre Filemón para mandarle, y, es más, Filemón le debe mucho, pero Pablo no emplea, ni su autoridad, ni presión para conseguir lo que quiere de Filemón, porque Filemón es su amigo. Eso, por un lado, y por otro, él es un creyente maduro, y Pablo lo respeta. No quiere humillarlo mandándole. Por el amor que les une en el Señor, y por el amor que forma parte de su amistad, Pablo apela a su amigo que haga “lo cristiano” en cuanto a su delincuente esclavo, Onésimo.
 
A Filemón le explica la relación que él, Pablo, tiene con Onésimo. Es como un hijo para él. Lo quiere. Pablo lo llevó al Señor en la cárcel. No se sabe si Onésimo estaba encarcelado, o si alguien del equipo de Pablo lo conoció en la calle y lo llevó a Pablo en la cárcel para que hablase con él. En todo caso, Pablo terminó el trabajo de llevarlo a Cristo y lo discipuló. Con el tiempo, se desarrolló una relación profunda entre Pablo y Onésimo, quien le servía en sus prisiones de forma práctica además de animar y consolarlo. Ha llegado a ser muy querido para Pablo quien se refiere a él como su propio corazón: “Le estoy devolviendo a ti, enviándote mi propio corazón”. Pablo quiere que se quede con él; no obstante, lo devuelve a su dueño con la esperanza de que se lo mande de vuelta para servirle en la cárcel. No presume de la amistad con Filemón. Lo consulta. Pablo hace lo que debe hacer al devolverlo a su dueño, aunque él mismo sale perjudicado. ¡Esta carta está llena de amor y entrañable emoción!
 
Pablo se lo devuelve a su dueño a pesar de su deseo de retenerlo consigo. Prescinde del consuelo, de la ayuda práctica, comunión, colaboración, y compañía de este hermano, y le va a costar. No obstante, lo devuelve a su dueño, porque es lo que debe hacer. No le pertenece, pertenece a Filemón, y para retenerlo necesita su permiso. Pablo le dice que le gustaría tenerlo para servirle de parte suya, de parte de Filemón, pero esto tendría que salir de Filemón sin coacción: “Yo quisiera retenerle conmigo, para que en lugar tuyo me sirviese en mis prisiones por el evangelio; pero nada quise hacer sin tu consentimiento, para que tu favor no fuese como de necesidad, sino voluntario” (13, 14). Pablo no quiere manipular a Filemón, sino que él decida libremente.
 
En esta porción de la epístola vemos tanto el amor entre Pablo y Onésimo como el amor entre Pablo y Filemón. Es curioso observar que Pablo se pone al mismo nivel de ambos, tanto al del esclavo escapado, como al del hombre que le debe su conversión. Él es el gran apóstol Pablo, pero no usa su autoridad para imponer su voluntad. Los dos son sus amados amigos y los trata como iguales. Así son las relaciones en la iglesia, la sumisión tiene que partir de uno mismo, no por imposición. La amistad no conoce barreras de cultura o de clase social. El amor que nos une en Cristo fluye libremente a pesar del pasado de la otra persona, su nacionalidad, su estatus en la sociedad, o su conocimiento de las Escrituras. Seguramente Pablo daba mil vueltas a ambos hombres, pero los amaba de corazón y los trataba con humildad y con respeto. Así funciona el amor cristiano. Pablo escribe: “Recíbale como a mí mismo”, otra expresión entrañable de las cuáles está llena esta epístola.  A veces Pablo escribe con su mente brillante y razona con una lógica irrefutable, y otras veces escribe de corazón apelando a lo más sensible de nuestras emociones. Es como el Señor en su manera de llegar a lo más profundo de nuestro interior con palabras que nos conmueven para motivarnos por el amor: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. ¡De tal palo, tal estilla!
 
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