EL CUERPO DE RESURRECCIÓN

“Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu, pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:36-39).
 
Lectura: Lucas 24:39-45.
 
Después de resucitar, el Señor Jesús se apareció a los discípulos en un cuerpo material. Ellos estaban espantados, porque creían que veían un espíritu, pero él les aseguró que no, que era una persona física: Resucitó como cabeza de una nueva raza; resucitó con un cuerpo físico, como primicias de una nueva raza de hombres: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque, así como en Adán todos duermen, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:20-22). Aquí tenemos dos razas, la raza de Adán, de hombres con un cuerpo físico que morirá, y la raza de Jesús, de hombres con un cuerpo físico que no morirá nunca. Nosotros moriremos y resucitaremos con la clase de cuerpo que tuvo Jesús al resucitar, un cuerpo que puede comer, puede ser tocado, puede pasar por puertas sin abrirlas, y un cuerpo que algunas veces se hizo visible: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel, Y él lo tomó, y comió delante de ellos” (Lucas 24:39-41).  
 
Las apariciones de Jesús nos extrañan un poco. Nadie lo reconoció de entrada, pero Él les aseguró que era Él: “Yo mismo soy”; sí, pero diferente. Tuvo que convencerlos de que era Él. Iba apareciéndose a unos y a otros: “Apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles” (1 Cor. 15: 5-7).  Iba apareciendo y desapareciendo. Tendemos que pensar que, si no estaba con unos, pues estaba en otro lugar con otros, pero esto no concuerda con lo que dijo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20). Sería más exacto pensar que siempre estaba presente en todos los lugares, pero a veces se hacía visible, y otras veces permanecía presente, pero invisible. De acuerdo con este concepto, hemos de pensar que siempre está presente con nosotros, pero no se está haciendo visible; sin embargo, esto no lo hace menos presente.
 
El cielo no está tan lejos como pensamos. Es otra esfera que nos rodea, otra dimensión, no visible a nuestros ojos materiales, paralela, que a veces se cruza con la nuestra. Allí está nuestro Señor, mucho más cerca de lo que habíamos pensado. Si quisiera, se podría hacer visible a nosotros ahora mismo, pero no lo hace, porque quiere que aprendamos a vivir por fe. Lo importante es sentir su presencia muy cerca y permanecer en comunión con Él.
 
 Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.