SITUÁNDONOS

   

“Se acercaron a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe, y con ellos come. Entonces él les refirió esta parábola, diciendo… Un hombre tenía dos hijos” (Lucas 15:1-3 y 11).
 
Lectura: Lucas 15:12, 25.
 
            Al leer la parábola del hijo pródigo y meditar en ella, y meditar un poco más, llegamos a la conclusión que Jesús está hablando, “a grosso modo”, acerca de dos clases de personas: del fariseo legalista, por un lado, y de los publicanos y “pecadores”, por el otro. Cuando lo aplicamos a nosotros, con sorpresa nos damos cuenta de que, o bien caemos en la categoría de los fariseos y legalistas, o bien en la categoría de los publicanos y pecadores. O bien somos de los que viven una vida indisciplinada para malgastar dinero y divertirnos, de los que rompen el corazón de un padre; o bien, somos como el hermano mayor, el bueno de la película, el que enjuicia, descalifica y odia a otros. ¿Y cuál es peor, pasarlo bomba, u odiar? Pasarlo bien y arruinar la reputación de la familia es una clase de pecado, y juzgar al hermano es otra. Un día, de repente me di cuenta de que no tenía amor en mi corazón por mi hermano, y esto me llevó a la cruz.  
 
¿Cómo era el hermano menor? Es como la persona desenfrenada que se convierte. Desobedecía al padre, pero ahora ha llegado a ser obediente, humilde y consciente de su pecado, sorprendido por la magnitud de la gracia de Dios. Ha vuelto a casa y quiere complacer al padre. El que antes quería fiestas ahora quiere trabajar como esclavo para su padre, ¡y es el padre el que le monta una fiesta! Antes su deseo era pasarlo bien, ahora ¡quiere trabajar! Tiene una actitud nueva, la de gratitud, y la motivación correspondiente. Antes quería diversiones y fiestas y ahora es un hijo cariñoso, obediente y trabajador. La diferencia es asombrosa.
 
¿Y cuál es la diferencia en la persona que era como el hijo mayor cuando se convierte? Antes censuraba a su hermano y se distanciaba de él. Ahora le importa. ¡Lo primero que hace es ir a la fiesta para celebrar la conversión de su hermano! Y celebra la suya. Se da cuenta de cuán duro era su corazón. Nunca amaba a su padre. Nunca usaba los bienes de su padre para disfrutarlos. Era miserable. Guardaba todo su dinero en el banco. No gastaba ni un duro en nadie.  Pues, ¡conozco a alguien cercano que corresponde a esta descripción! El hermano mayor era tacaño y justiciero; condenaba. A primera vista veía de qué pie cojeaba una persona. Al hablar con su padre éste se refería a su hermano como “aquel hijo tuyo”. Ni quería reconocerlo como hermano. Antes era un criticón; ¡ahora deja de criticar, porque se da cuenta de que es peor que su hermano! Deja de censurar a su padre por tener misericordia de pecadores. Deja de pensar que él es buena gente, porque nunca ha hecho daño a nadie, porque siempre ha estado con el padre, trabajando como esclavo para él. Ya convertido, deja todo su resentimiento, toda su amargura, toda actitud crítica. Ya no tiene un corazón austero y empieza a disfrutar de la fiesta. Se le oye decir: “Dame otro vaso de vino; ¡me encanta!”  Ha cambiado. Celebra la mesa del Señor comiendo pan y bebiendo vino en la fiesta, porque está tan feliz, porque tiene un Padre asombroso. Esto lo digo por experiencia personal, porque si has tenido que vivir con un corazón duro, una vez que te libras de él, tienes mucho que celebrar.
 
La iglesia está llena de gente como el hermano mayor, porque esta es la clase de persona que cree en Dios. Quiere hacer lo correcto. Acepta el evangelio porque es lo justo. Va la iglesia, porque es lo que se debe hacer. Siempre está haciendo lo que debe, pero con la motivación incorrecta. La motivación correcta es el amor. Cuando el Señor trabaja su corazón, su motivación cambia, y de repente es el amor lo que lo mueve. La capacidad de amar es una sensación extraña para una persona que nunca la ha tenido. Es asombroso. Piensa: “Amo a esta persona, y amo a aquella, y dice: ¿Qué me pasa?; he cambiado. ¡Tengo ganas de abrazar a todo el mundo! ¿Cómo me ha pasado esto?”. ¡Y está feliz! Es lo que le pasa a la persona que era fariseo cuando Dios la cambia. Y cuando el animal de fiesta se convierte, llega a ser trabajador y ama a su padre, maravillado de su gracia.
 

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