“Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota, y allí le crucificaron” (Juan 19:17, 18).
Lectura: Juan 19:18-23.
La Cruz es central al cristianismo, pero hemos de matizar lo que queremos decir con esta afirmación. Al hablar de la cruz, el énfasis de los escritos del Nuevo Testamento no es en los detalles de la tortura de Jesús, sino más bien en el propósito de su sufrimiento. En el catolicismo no faltan imágenes del Cristo crucificado, pero esto no es centrarse en la cruz según la mentalidad bíblica. En estas imágenes, tanto de Jesús crucificado como de su cuerpo bajado de la Cruz en brazos de María con el amado discípulo Juan a lado, observamos un cuerpo con unas pocas heridas. Estas imágenes no se corresponden con la realidad, ni con la realidad de lo terriblemente deformado que quedó su cuerpo, ni con la de la realidad histórica, pues no hay ninguna mención en la Biblia del cuerpo yerto de Jesús en brazos de María. No interesa recrearnos ni en el morbo, ni en el sentimentalismo.
Hay muchos himnos evangélicos que enfatizan este lado tétrico también. Hablan de cuánto sufrió Jesús. Saber esto no salva a nadie. Sentir pena por Jesús no es el propósito de la narración bíblica. De todas maneras, el dolor físico no fue lo que más lo hizo sufrir, sino el indescriptible dolor espiritual. Este dolor solo lo puede entender una persona que ha disfrutado de una íntima comunión con Dios y luego la ha perdido, o uno que ha sido separado de sí mismo y ha sufrido una rotura en su ser, o uno que ha vivido tan santamente que a penas ha conocido el pecado para luego estar sumergido en él, o uno que ha experimentado el abandono de Dios y la presencia terrorífica de Satanás. Nos ayuda hasta cierto punto contemplar estas líneas, pero lo que realmente nos beneficia es seguir la línea bíblica y comprender el significado de su muerte y lo que la cruz ha logrado para nosotros.
Realmente lo que nos ayuda es comprender la santidad de Dios y su ira justa contra el pecado, que es justo al condenarnos, que Jesús pagó voluntariamente por nuestra culpa, que cargó con nuestro pecado como nuestro substituto, y que por su muerte somos justificados delante de Dios. Su muerte ha logrado el perdón de nuestro pecado, la liberación de nuestra condenación, paz con Dios, nuestra aceptación delante de Dios, nuestra entrada libre a su presencia, nuestro traslado del reino de las tinieblas al reino de Cristo, nuestra incorporación en la familia de Dios y la Iglesia Universal, una nueva vida en Cristo, su presencia en nuestros corazones por su Espíritu, el poder para vencer el pecado, la salvación y la vida eterna. Resucitaremos con un cuerpo incorruptible, para disfrutar de una herencia reservada en los cielos para nosotros, libres de la presencia de pecado para siempre, reunidos con nuestros seres amados y con los creyentes de todos los tiempos y de todas las naciones, tribus y lenguas. Como parte de la Novia del Cordero estaremos eternamente unidos a Él, compartiremos su trono y reinaremos con Él. Tendremos una plenitud de vida que no es posible en la tierra. Conoceremos la cercanía de Dios para la cual fuimos creados, y tendremos la eternidad para ir conociéndolo y sirviéndole. Por esto Jesús murió, para hacernos partícipes de la vida que él conocía en la Casa de su Padre antes de que fuesen los mundos. Este es el significado de la Cruz.
Copyright © 2024 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.