“Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces, vino y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.” (Juan 19:38-40).
Lectura: Juan 19:31-37.
Estos dos hombres, José de Arimatea y Nicodemo, eran amigos con muchas cosas en común, la más grande la comentaremos al final. Los dos eran nobles, ricos, respetados miembros de la alta sociedad judía. Ambos formaban parte del Sanedrín, pero ninguno de los dos había consentido en la ejecución de Jesús. Marcos nos dice que José de Arimatea era “miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios” (Marcos 15:43). Mateo dice: “Vino un hombre rico de Arimatea, llamado José” (Mateo 27:57). Lucas nos da más información: “Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. Éste, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos…” (Lucas. 23:50, 51).
José de Arimatea había sido un discípulo secreto de Jesús, pero llegó el momento cuando no pudo guardar su fe en secreto y se declaró con valentía a favor de Jesús. Marcos dice que “vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús” (Marcos 15:43). Nicodemo también había guardado bien el secreto de su fe, pero no por mucho tiempo. Había venido para hablar con Jesús de noche, pero más tarde, cuando ya estaba seguro de quién era Jesús, se enfrentó a todo el Sanedrín abiertamente en su defensa: “¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?” (Juan 7:51). Todos se le echaron encima: “Serás paisano suyo, por esto le defiendes”, le dijeron. Estos dos hombres arriesgaron su posición en la sociedad judía para tomar parte por Jesús.
Trabajaron en conjunto para enterrar a Jesús. José fue a ver a Pilato para pedirle permiso para enterrar el cuerpo de Jesús. Compró las sábanas. Puso su propia tumba a su disposición. Nicodemo fue a comprar el compuesto de mirra y áloes, de como treinta kilos, y lo trajo al Calvario. Los dos se encontraron al pie de la cruz y juntos bajaron el cuerpo magullado de Jesús y lo envolvieron en la sábana limpia, poniendo las especias entre las capas de la sábana. Luego lo llevaron a la tumba de José que estaba muy cerca y lo colocaron allí, sin perder tiempo, porque ya se acercaba el día de reposo cuando no podían trabajar.
Que momentos aquellos. Nicodemo se acordaría de lo que Jesús le había dicho: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15). Él le había visto levantado en la cruz, había creído, y ahora le había bajado, juntamente con su amigo, para darle una sepultura digna. Momentos entrañables. Memorias hechas para durar toda una vida. Después hablarían de ello. Ahora su dolor era insoportable e incomprensible. Rodaron la piedra y lo dejaron.
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