EL SEPULCRO DE UN REY

   

“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno” (Juan 19:40, 41).
 
Lectura: Juan 19:38-41.
 
            “Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte” (Is. 53:9). Cuando Jesús murió, sus humillaciones terminaron. No le rompieron sus piernas. Manos cariñosas lo bajaron de la cruz. Su cuerpo recibió todas las atenciones acostumbradas de los judíos. Fue envuelto en una sábana limpia, rodeado de fragrantes especias y colocado con cariño en una tumba nueva digna de un rey en medio de un jardín. Es como si Dios hubiese decretado que sus padecimientos habían terminado, que ya no iba a sufrir más desprecios, y que ahora su exaltación iba a comenzar.
 
            Entre líneas, el mensaje es muy claro. Dios había vaciado su ira sobre su Hijo. Jesús había agachado la cabeza y lo había sufrido en obediencia a su Padre, sin rechistar, golpe tras golpe: “Nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él… Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca, como cordero fue llevado al matadero… y no abrió su boca” Is. 53:4-9). El Padre recibió su sacrificio con agrado, porque satisfizo las justas exigencias de la Ley. Jesús pagó el precio de nuestras rebeliones con creces. La transacción estaba hecha. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gen. 1: 31).  No hacía falta más sufrimiento. Ahora el Padre contempla el cuerpo inerte de su Hijo, de su Cordero, y se mueve en sus entrañas con insondable amor y empieza a derramar honores sobre Él.
           
            La tumba era lo mejor que el dinero podía comprar. Sabemos que no era una cueva natural. Había sido cavada en la roca, sin duda obra de artesanos, pues su dueño era rico. Tuvo una entrada baja. Para ver dentro uno tenía que agacharse. Había un lecho para el cuerpo con una especie de silla en ambos extremos, en la cabecera y al pie, donde ángeles se sentarían. Habría tenido una pequeña ventana para admitir un poco de luz. Una piedra enorme cerraba su entrada, decorada con un sello de parte del gobernador, guardada por soldados romanos con pompa y ceremonia.
 
             Ahora el Hijo descansaba y el Padre velaba. Dormía la dormición de la muerte. “Y reposó de toda la obra que había hecho” (Gen. 2:3). Su obra ya había terminado y podía descansar.

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