“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo” (Salmo 22:1, 2).
Lectura: Salmo 22:1-5.
No es de sorprender que se quebrase su corazón, que literalmente se desgarrase. La profundidad de su sufrimiento no solo partió su corazón, sino también coaguló su sangre. Solidificada, la sangre ya no pude circular por las venas de Jesús, y por la apertura hecha por la lanza salió sangre y agua, no un pequeño choro, sino un río, toda la sangre de su cuerpo. Fue notable. Juan lo comenta impresionado: “Y el que lo vio da testimonio; y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad” (Juan 19:35). Insiste en que esto es la verdad, porque nunca ocurre, pero en esta ocasión sucedió.
Mucho se ha escrito acerca del sufrimiento físico de Jesús. Sin minimizarlo, hemos de reconocer que los dos que murieron con él también fueron crucificados. En los días del imperio romano fueron muchos los que padecieron esta suerte. ¿Qué es lo que distingue los sufrimientos de Jesús de otros que igualmente afrontaron esta muerte atroz? Fue la parte espiritual. Escuchemos su clamor en las palabras proféticas del Salmo 69: “Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar, mi garganta se ha enronquecido, han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios. Porque por amor de ti he sufrido afrenta, confusión ha cubierto mi rostro. Pero yo a ti oraba. Oh Dios, por la abundancia de tu misericordia, por la verdad de tu salvación, escúchame. Sácame del lodo, y no sea yo sumergido. Respóndeme, Jehová. No escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme. Acércate a mi alma. Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio. El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre. Persiguieron al que tú heriste, y cuentan del dolor de los que tú llagaste”.
Esta es la clase de sufrimiento que conocen los que han pasado por un divorcio, abandonados por sus conyugues, o los niños, por uno de los padres. Es mucho peor que la muerte, porque es voluntario. Nuestros enemigos nunca nos pueden infligir dolor como los que amamos. La traición no es por parte de un enemigo, sino de uno que pretende ser amigo. Nunca lo habrías esperado, habrías dado tu vida por esta persona, y ella te mata.
Jesús clamaba al Padre pidiendo ayuda, y no la recibió. ¿Puedes sondear esto? ¿Has vivido algo parecido? Es la decepción de contar con alguien y te falla, ¡y esta persona es Dios! “Estoy en la desesperación” (v. 20). ¿Alguna vez has creído que Dios te ha fallado? Es para volverte loco. Se te rompen todos los esquemas. Lo imposible, lo impensable ha ocurrido. No puede ser, pero es. No lo puedes asimilar, pero es cierto. Es incomprensible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, es el grito de angustia más desesperado que ha llegado a los oídos de este mundo caído. Es la pregunta de un alma decepcionada, confundida, aturdida y atónita. “Yo y el Padre uno somos”. Se partió el átomo. Lo indivisible se dividió. El eterno Amor se volvió en ira, y las tinieblas descendieron sobre la inocente alma del Hijo de Dios. Su Padre lo abandonó. Puede ser que alguna vez te sientas abandonado por Dios, pero nunca pasarás lo que pasó Jesús, porque nunca has sido el eterno Hijo de Dios. Identifícate con su dolor y tendrás consuelo.
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