“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).
Lectura: Tito 2:1-12.
La gracia de Dios se ha manifestado en la persona de su amado Hijo con la finalidad de proporcionar salvación a todos los hombres que lo reciben, de todas las naciones del mundo, y juntamente con este regalo viene la enseñanza de dejar de vivir vidas mundanas, buscando la satisfacción de nuestros deseos carnales en placeres pecaminosos, y de aprender a vivir justa y piadosamente, esperando el retorno de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo. La salvación es un cambio radical de vida que implica un dejar y un abrazar. Renunciamos a vidas mundanas dedicadas a nuestros intereses, y empezamos a vivir vidas espirituales centradas en los intereses de Dios.
La vida del inconverso está gobernada por sus pasiones, se dedica a buscar la satisfacción de sus deseos carnales, sus necesidades emocionales y físicas, mientras la vida del creyente tiene una proyección, no hacia sí mismo, sino hacia Dios y lo que conviene para adelantar su reino. La conversión es el momento de cambio del enfoque de la vida. Es dejar de vivir para uno mismo y empezar a vivir para Dios, colaborando en la edificación de su iglesia y esperando el retorno de su amado Hijo.
Por esto vino Cristo, para conseguir gente para su reino, “para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”. Su redención nos libra de la mala vida y nos inicia en una vida nueva, en la cual el deseo de nuestro corazón es hacer buenas obras. Jesús vino, no para darnos una religión que nos ocupe los domingos por la mañana, sino para transformarnos radicalmente. El creyente es una nueva persona, incorporado al pueblo de Dios, ¡propiedad de Dios mismo!, y se dedica a hacer buenas obras y esperar el retorno del Señor. Es así como puedes identificar a una persona que realmente ha sido convertida.
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