“Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea” (Lucas 8:26).
Lectura: Lucas 8:27-39.
Los demonios de la región de Gadara tenían su cuartel general en el cuerpo de un solo hombre, el que se llamaba Legión. Allí se congregaban y desde allí mantenían toda la región bajo su tiranía.
El espíritu que prevalecía por todo el contorno era uno de temor. Cuando Jesús puso pie en su terreno salió a su encuentro su víctima, Legión. “Ni vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros”. Recibió a Jesús con un grito, aterrorizado: “¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes”. Los demonios creían que había llegado el día del juicio y que Jesús los iba a lanzar al abismo. Le rogaban que les permitiese entrar en un hato de cerdos que estaban apacentando allí cerca, y Jesús se lo concedió. Parece que la intención de Jesús era sacarlos fuera de este hombre y dejarlos sueltos; se quedaron sueltos igualmente cuando los cerdos se precipitaron a echarse por un despeñadero y ahogarse en el mar.
Los que cuidaban de los cerdos quedaron igualmente aterrorizados y huyeron dando aviso a los de la ciudad de la llegada de un Hombre peligroso a sus contornos. La gente de allí tuvo la misma reacción: “Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y tuvieron miedo”. Rogaron a Jesús que se fuese de allí, y que los dejase en paz. No valoraron el milagro realizado ni la autoridad que ostentaba Jesús en el mundo espiritual, ni les importó que un hombre fuese liberado y que ahora estuviese vestido y en su juicio cabal. El único que no tuvo miedo de Jesús fue el ex endemoniado. Lo que sintió por Jesús fue gratitud, reverencia, y el deseo de estar siempre con Él y nunca separarse de Él. Quería permanecer a sus pies siempre, aprendiendo de Él y adorándolo. Pero Jesús no se queda donde no es deseado y estaba preparándose para embarcar de nuevo y salir de allí. El hombre quería ir con Él, pero Jesús dijo: “Vuélvete a tu casa y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él”.
El plan de Dios para llegar a aquella región fue brillante. Mandó a Jesús y sus discípulos allí a predicar el Evangelio. Salió a su encuentro precisamente la persona que llevaba toda la oposición al evangelio dentro de su cuerpo. Jesús limpió la región de demonios de una vez, dejando el territorio libre y en condiciones para recibir el Evangelio y con un misionero suyo para alcanzar a todas estas ciudades con el testimonio de las grandes cosas que había hecho Jesús con él. Esto dejó a Jesús libre para visitar otras ciudades con la buena nueva.
Y nosotros tenemos la misma comisión. Jesús nos ha librado, nos ha vestido con su justicia y renovado nuestra mente con la Palabra del Señor. Hemos pasado tiempo a sus pies aprendiendo de Él. Nos ha puesto en medio de gente ya preparada para recibir el Evangelio, y nos ha mandado ir. Él se ha ido al cielo. No lo podemos acompañar ahora porque tenemos mucho trabajo que hacer, pero después, sí.
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