“Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz” (Isaías 58:9, 10).
Lectura: Isaías 58:9b-11.
Me gusta este tipo de texto, porque es muy práctico y ofrece grandes recompensas. Nos dice tres cosas malas que debemos dejar de hacer y dos cosas buenas que debemos empezar a hacer para cosechar grandes recompensas. De las cosas malas que debemos dejar de hacer, soy culpable de hacerlas todas ellas.
La primera cosa práctica, y muy buena, que debo hacer, es quitar el yugo. Tengo la tendencia a poner yugos en las personas, yugos mentales. Pienso: Eso es lo que esta persona debería estar haciendo y la forma en que debería de hacerlo. Pienso así en el trabajo todo el tiempo. Tengo un barómetro y es una especie de estándar elevado para mí y para otras personas. Y si no alcanzan ese alto estándar, tiendo a juzgarlos como un fracaso. El estándar está ahí para mí también. ¡Al menos no soy tan mala como para aplicarlo solo a los demás!, pero, francamente, muchos de ellos no son capaces de alcanzar el estándar que yo establezco. Es difícil alcanzarlo, no es porque sean tontos, sino porque es muy difícil alcanzar el listón que establezco, y, en segundo lugar, porque requiere un cambio de carácter. Requiere una obra del Espíritu Santo, y mucha experiencia y mucho conocimiento. Es muy fácil después de haber crecido y verse a uno mismo pensar que todos hemos crecido de la misma manera. Esto se llama “la maldición del conocimiento”. Una vez que has aprendido algo, das por sentado que todos los demás también lo saben. Habiendo experimentado algo, supones que todos los demás también lo conocen. Así que necesito romper ese yugo, porque me lleva a pensar que otras personas son tontas, y a enorgullecerme. Entonces, este es el primero, el quitar el yugo.
La segunda es el señalar con el dedo, es esencialmente culpar a la persona pensando que debería de haber hecho eso, o aquello. Es la consecuencia juzgarlas por no poder vivir según los altos estándares que el yugo ha impuesto. Y luego, en tercer lugar, hablo mal de esta persona, que es la consecuencia última. En lugar de simplemente pensar estas cosas, vas y hablas con tu colega que está sentado a tu lado y le hablas mal de la otra persona. Le dices que Fulano es tan tonto que ni siquiera puede hacer bien su trabajo. ¡Así que eso es genial!, ¿no? No. Requiere una confesión de mi parte, porque no es nada genial.
Las dos cosas positivas que debemos hacer son ofrecer comida a los hambrientos y satisfacer las necesidades de los afligidos. Bueno, hay un refugio para los sintecho al que nuestra iglesia apoya, con el que puedo colaborar. A los sintecho les gusta comer comida casera, y es encantador cocinar con los niños para que ellos puedan preparar algo que saben que los sintecho van a comer. Así que voy a retomar esa práctica. Satisfacer las necesidades de los afligidos es algo muy, muy práctico que puedo hacer. No hay mucha gente hambrienta donde yo vivo, pero sí hay mucha gente afligida, y la recompensa que nos promete Dios si los ayudamos es asombrosa. La mejor recompensa aquí, la que me llamó la atención, es que: “El Señor te guiará siempre” (58:11, NVI). “Jehová te pastoreará siempre” (58:11, RV). Eso significa que Él tiene que estar contigo para guiarte y pastorearte. Y eso es lo que quiero. Quiero la proximidad del Señor y el conocimiento de su cercanía.
(Concluye con una oración que compartiremos mañana).
[1] Una meditación escrita por Becky Cretney.
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