“Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:4).
Lectura: Santiago 1:12-18.
Al final de la prueba de la fe, si la persona ha perseverado, la obra que Dios pretendió realizar en ella estará hecha; será una “obra completa”. Esta obra consiste en madurar y perfeccionar nuestra fe en Dios. Esto significa que conoceremos mejor a Dios debido a lo que hemos aprendido de Él en medio de la prueba. La fe cristiana es algo personal, basada en nuestra experiencia del Señor, no solamente en doctrinas que sabemos acerca de Él. La fe no es una cosa abstracta, sino vivida, aumentada y fortalecida por medio de nuestro trato con el Señor. Cuanto más lo conocemos, más fuerte es nuestra fe.
Una fe fanática es una fe en la religión, en las doctrinas religiosas, creídas porque sí. No participa de una vivencia con Dios, ni del trato personal con Él, mucho menos de experiencias que Él organiza para que lo conozcamos mejor. El Islam, por ejemplo, no pretende que Alá sea conocible. Allí, la fe es en los dogmas de la religión. Lo mismo pasa con gran parte del catolicismo; el creyente no trata directamente con Dios, sino con una serie de intermediarios. Muchos ignoran que se pueda conocer a Dios personalmente. También hay evangélicos que ponen su fe en sus pastores o en su iglesia. Esta fe tambalea en la prueba. La fe cristiana no es una fe en nuestras convicciones religiosas, sino una fe en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, basada en la revelación que tenemos de Él en la Biblia, desarrollada en sus tratos personales con nosotros. Estos últimos tienen que ver con la prueba de nuestra fe, porque para mostrarse real y crecer, la fe tiene que ser probada. Al final de la prueba podemos decir con Job, “Aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).
Lo que cambia en la prueba de nuestra fe es nuestro concepto de Dios. Es mucho más bondadoso y lleno de gracia de lo que habíamos pensado antes. Abraham pensaba que Dios se llevaría a su hijo, pero por medio de la prueba de su fe aprendió que Dios puede resucitar a los muertos y, en un sentido, recibió a su hijo de nuevo como vivo de los muertos, perteneciente más a Dios que a él, libre de cualquier amor posesivo, y más agradecido a Dios por su hijo que nunca. Vio a Dios como más grande, más poderoso, más generoso, más amante y más cerca que antes. También aprendió que el ser humano puede producir gozo en el corazón de Dios por su respuesta en la prueba. Vio cuánto gozo él había dado a Dios, que Dios tenía corazón de Padre, como él, pero mucho más grande, y que Dios se había dignado llamarle su amigo. Dios había deseado que la amistad profundizara, y lo había logrado por medio de la prueba.
En la prueba de nuestra fe Dios puede parecer ser nuestro enemigo, trabajando en nuestra contra, destruyéndonos; pero cuando hayamos respondido con fe, aunque pase lo que más temíamos, vemos a Dios como asombrosamente bueno, cariñoso, y bondadoso en sus intenciones para con nosotros, y que tiene en su corazón nuestros mayores intereses. El resultado es que nuestra visión de Él es más exacta.
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