“Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo” (Mateo 27:55, 56).
Lectura: Mateo 27:59-61 y 28:1-10.
La imagen de Dios en la mujer se ve en su deseo de tener hijos, deseo que comparte Dios hasta el punto de sacrificar a su único Hijo para tener muchos hijos más. Ella es un ser hospitalario, como lo es Dios. Dios quiere ver su Casa llena de hijos. Por este motivo, “en la casa del Padre muchas moradas hay”. Un ejemplo de la hospitalidad lo tenemos en la sunamita que hizo la habitación para Eliseo (2 Reyes 4). El espíritu hospitalario lo vemos en la viuda de Sarepta que dio hospitalidad al profeta Elías (1 Reyes 17:8). La mujer busca intimidad, tal como su Creador. Quiere ser conocida y entiende fácilmente este lado de Dios. Ella es química y emocionalmente diferente al hombre. Entiende automáticamente a Dios en su deseo de ser entendido, conocido y amado, porque ella quiere ser amada, que significa tener intimidad, ser valorada, entendida y comprendida. Las mujeres deseamos comunicación, que nos reciban, queremos estar incluidas y que se compartan las emociones con nosotras. Esto para nosotras es ser amadas. Dios quiere ser amado de las mismas maneras en las que la mujer quiere ser amada. Quiere ser amado como la mujer ama. Cuando Jesús murió eran las mujeres las que lloraban. ¿Puedes imaginar la tragedia si alguien muere y nadie llora?
Es maravilloso ser mujer porque solo una mujer puede entender el amor sacrificial del Calvario, porque nosotras estamos dispuestas a hacer lo que sea para la salvación de nuestros hijos. Iríamos al infierno para que ellos pudiesen ir al Cielo. Les cederíamos nuestro lugar en el Cielo y asumiríamos el suyo en el infierno para verlos salvos. Hasta este punto los amamos. Cuando llegamos a este punto empezamos a comprender el amor de Dios.
¿Por qué hizo Dios a la mujer? Para reflejar el lado “femenino” de su imagen, de su Ser. Para modelar la relación entre el Padre y el Hijo. Para conocerlo y entenderlo en aspectos que solo lo puede hacer una mujer. Para servirlo de manera que no lo puede hacer el hombre. Y para adorarlo como lo hace la mujer.
Haría falta un libro entero para tratar adecuadamente estos dos últimos propósitos: el de servir y el de adorar. Estas dos palabras plasman a la mujer piadosa. Ella asume su papel como mujer. Disfruta de ser mujer. Da a luz hijos para Dios. Tiene un matrimonio cristiano. Es femenina, obedece la enseñanza de Pablo sobre la mujer. Es una mujer de adoración y servicio, como María y Marta, en este orden. Nuestro servicio a Dios procede de la adoración de su Ser. La devoción de la mujer es única. Eran mujeres las que acompañaban a Jesús a Jerusalén, lo observaban cuando llevaba la cruz por las calles de Jerusalén, al matadero, estaban allí mirándolo cuando moría, acompañaban su cuerpo al sepulcro, y eran ellas las que lo recibieron resucitado al tercer día. Al Señor lo amaban como la mujer ama, y esto es lo que Dios busca de la mujer.
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