“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer” (Lucas 4:16).
Lectura: Lucas 4:17-22.
Aquel día empezó muy bien para María. Su Hijo había vuelto a casa e iba a la sinagoga donde seguramente predicaría. Cuando Jesús hizo la lectura del profeta Isaías hubo una reacción favorable: “y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (4:22). María habría estado muy orgullosa de su Hijo. Todo el mundo hablaba bien de Él. Jesús habría dado un mensaje basado en este texto de Isaías aplicándolo a sí mismo, mensaje que no ha sido incluido en el relato de Lucas. Hasta ahora, bien. María contenta. Pero al entender las implicaciones del mensaje, la gente empezó a murmurar. Decían: “¿No es éste el hijo de José?” (4:22). El mismo relato en el evangelio de Mateo incluye más información de la familia: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros?” (Mateo 13:55, 56). Nazaret era un pueblo pequeño de unos 400 habitantes. Todo el mundo conocía a todo el mundo. Sabían quiénes eran los padres y hermanos de Jesús. Suponiendo que María estuviese en la congregación, habría oído pronunciar su nombre y el de todos sus hijos, pero el tono de voz le habría preocupado.
El ambiente se puso tenso. “¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?” (Mat. 13:56). Pensaban que Jesús estaba fardando de ser alguien importante, de ser más que ellos, y se ofendieron: “Se escandalizaban de él” (Mat. 13:56). ¿Qué se ha creído? ¿Quién piensa él que es? Lo tenían como uno más del pueblo, y ahora pretendía ser el cumplimiento de esta Escritura. María se habría sentido muy incómoda.
Cuando Jesús habló del ministerio de los profetas a los gentiles, porque los israelitas carecían de fe, se enfadaron: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad” (4:29). Se lee muy rápido, pero María tenía que haberlo vivido, minuto tras minuto mientras su Hijo iba siendo el objeto de la violencia de la turba. ¿Qué le harían? ¿Lo iban a matar? Habrían sido momentos terribles para ella. Conocía personalmente a todas las personas implicadas que estaban haciendo violencia a su Hijo. Le habría entrado terror. “Le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarlo” (4:29). ¡Que experiencia más terrible para una madre! “Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue”. Pero María se quedó. Tenía que vivir en este pueblo, con estas personas que querían matar a su Hijo. Qué difícil le habría sido la convivencia de aquel momento en adelante. Ella tuvo que pagar un precio muy alto por ser la madre del Mesías, e iba siendo cada vez más difícil para ella hasta llegar al momento de la cruz. ¡Que privilegio más grande tuvo María, y cuánto le costó!
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