UN HOMBRE Y SU DIOS (3)

“Oración del profeta Habacuc. Según sigionot. Señor, he sabido de tu fama; tus obras, Señor, me dejan pasmado. Realízalas de nuevo en nuestros días, dalas a conocer en nuestro tiempo; en tu ira, ten presente tu misericordia” (Habacuc 3:1,2, NVI).
 
Lectura: Hab. 3:3-6.
 
            El profeta está turbado. Ha comprendido que su país va a ser sacudido a sus mismos cimientos bajo el impacto de la ira de Dios. Dios ha escuchado su oración inicial (1:2-4). Ha visto la injusticia de su pueblo, su quebrantamiento deliberado de la ley de Dios, su hipocresía, la violencia y la maldad de su pueblo. Lo que el profeta denunció no fue ninguna noticia para Dios. Ya lo sabía. Y le hacía sufrir mucho más que el profeta sufría. El profeta le había preguntado: “¿Por qué toleras el mal?” (1:3). Ya lo sabe. Dios no tolera el mal. Va a destruir a Israel. Habacuc no quería esta respuesta. Quería que Dios mandase un avivamiento, no un castigo. Antes estaba pidiendo que Dios actuase. ¡Ahora está pidiendo que Dios tenga misericordia de su pueblo!: “en tu ira, ten presente tu misericordia”.
 
            La destrucción se va acercando a Jerusalén poco a poco. Habacuc quiere que Dios la detenga. Se acuerda de los grandes rescates de Dios en el pasado (3:3-16). Sabe que el poder de Dios es más que suficiente para parar el ejército de Babilonia. Su oración nos recuerda a la de Jesús en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mat. 26:39). Habacuc está pensando que sí, que es posible. Dios puede frenar el mal que se avecina. ¿Pero quiere hacerlo? ¿Es su voluntad? La oración de Jesús sigue: “pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mat. 26:39). El profeta ahora comprende la respuesta. Dios puede, pero no quiere. No es su voluntad pasar por alto el pecado de su pueblo. Ha llegado el momento en que el juicio tiene que caer. 
 
            Nosotros tenemos experiencias parecidas. Vemos venir un gran mal. Una enfermedad. Una rotura en la iglesia o en la familia. Un abandono. La muerte. Nuestra fe está a la altura de pedir un milagro. Sabemos de sobras que Dios puede producir un cambio para frenar el avance del mal. Y pedimos con fe que lo haga. Decimos: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. No somos rebeldes. Queremos la voluntad de Dios y pedimos que coincida con la nuestra. A veces Dios nos contesta con un sí, pero otras veces la respuesta al clamor de nuestra alma es un no, y lo tenemos que asumir. El profeta acepta el no y se prepara para lo que va a pasar: “Pero yo espero con paciencia el día en que la calamidad vendrá sobre la nación que nos invade” (3:16). Esto es muy profundo. Está diciendo que ahora sabe que la voluntad de Dios es que Israel sea invadido, que no puede ser evitado, pero que después el juicio de Dios caerá sobre Babilonia. Tiene que esperar dos cosas: La invasión de Israel: “Pues la visión se realizará en el tiempo señalado; marcha hacia su cumplimiento, y no dejará de cumplirse. Aunque parezca tardar, espérala; porque sin falta vendrá” (2:3). Y tiene que esperar la destrucción de Babilonia: “Pero yo espero con paciencia el día en que la calamidad vendrá sobre la nación que nos invade”. En este orden, y en el tiempo de Dios, habrá justicia, no como Habacuc quería, pero la habrá. Y más allá de este acto inmediato está Dios y sus planes eternos. Esta es la tercera cosa que todo creyente espera. Lo de ahora puede ser duro, pero lo último será sumamente hermoso.   

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