“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25-27).
Lectura: Job 19:19-27.
“Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4). La fe de Job era invencible. Venció al mundo y venció a Satanás y venció a su propia carne. Estos son los tres enemigos del hombre, el mundo, la carne y el diablo; y la fe de Job venció a los tres. La carne es un instrumento muy fuerte que emplea el diablo en contra nuestra. Normalmente emplea la tentación de gratificar los deseos de la carne: la comida, la bebida y el sexo, pero, en el caso de Job, el diablo usó el dolor físico, la carne deshaciéndose, llagada, abierta, con pus e infección saliendo de ella, pudriéndose delante de sus ojos. La tentación era de desesperarse, de creer que él iba a morir y que la carne se convertiría en polvo, y que no había más. Pero Job miró a su carne y ¡profetizó que resucitaría con Cristo! Abraham creyó en la resurrección de su hijo y Job en la suya propia, y en la nuestra. Esto supera los poderes de nuestra mente comprenderlo.
Job creía que tenía un Redentor. Dios ya lo declaró perfecto (1:1), y lo era, en Cristo (Heb. 10:14), no obstante, él veía la necesidad de un Redentor, porque sabía que en sí mismo no llegaba a la perfección de Dios. Creía que al final de los tiempos Dios lo levantaría del polvo, aunque su carne ya se hubiera desintegrado, aunque fuera comida por gusanos y dejara de existir, Dios lo levantaría, le daría un nuevo cuerpo, y esta persona restaurada sería él mismo, y que con este nuevo cuerpo se presentaría delante de Dios. Serían sus propios ojos, estos ojos de ahora, recreados y resucitados, que verían a Dios, y que esto sería en virtud de su Redentor. ¡Job era un gigante de la fe!
¿Tú eres capaz de ver a tu cuerpo envejecerse, y creer, convencido que, con este mismo cuerpo, resucitado, renovado y perfecto, tus ojos verán a Dios? Si contestas que sí, tienes la fe de Job.
Y Job no lo creía en un momento en que estaba disfrutando de una salud perfecta, sentado en el sofá de su casa, en la flor de la vida, sino con el corazón desfallecido dentro de él, tirado en el polvo de la muerte, con sus amigos acusándolo de pecado y condenación, sintiéndose lejos de Dios, y sufriendo bajo el fuego desolador del enemigo. En las peores condiciones posibles, en la oscuridad de la prueba, Job confiesa su fe en el poder milagroso de Dios, ¡aunque no lo está viendo en su propio caso! Está convencido de que lo que ve ahora no es la última realidad, sino que la última realidad es estar con un cuerpo perfecto delante de Dios, viéndolo con sus propios ojos, y disfrutando de la hermosura del Dios al que ama con todas sus fuerzas. No importa lo que le pasa a él, lo que sus ojos ven ahora, la última realidad es el mundo espiritual en el cual él tendrá un nuevo cuerpo físico y que verá a Dios con ojos reales de carne redimida. Esta es la fe de Job. No había nada que Satanás pudiese hacer para destruirla.
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