“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás el cual engañaba al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apoc. 12:7-9).
Lectura: Apoc. 12:10-13.
Este texto hace referencia a la gran batalla que tuvo lugar en el Cielo cuando Lucifer se rebeló contra el gobierno de Dios para conseguir la misma autoridad que Él ostenta. Satanás y sus ángeles lucharon contra Miguel y los ángeles de Dios, pero no prevalecieron. Satanás fue derrotado, expulsado del Cielo y lanzado a la tierra. Pensando en ello, surge la pregunta: ¿Por qué no lo destruyó Dios? ¿Por qué lo arrojó a la tierra? ¿Qué necesidad tenemos los seres humanos de tener este adversario de Dios ahora en nuestro planeta? Lo podría haber mandado a Marte, o a otra galaxia. ¿Qué fin sirve aquí?
Esta pregunta es muy parecida a la que hacen muchos cuando evangelizamos en la calle: “¿Por qué permite Dios el mal? Si es tan poderoso, ¿por qué no lo elimina?”. Seguro que muchos de nosotros la hemos escuchado. “¿Por qué permitió Dios que el diablo hiciese tanto daño a Job?” Esta es una variante de la misma pregunta. “¿Por qué dio Dios acceso a Satanás al Huerto de Edén?”.
Todas estas preguntas tienen la misma respuesta: Porque Dios quería saber si el hombre, o Adán y Eva, o Job, le harían caso a Él o a Satanás. Cuando alguien te pregunta: “Si existe un Dios, ¿por qué permite el mal?”. Le puedes contestar: “Para ver si tú elegirás el bien o el mal”. O, en otras palabras, “Para ver si escoges a Dios o al mal”. Son las únicas opciones. Si procede, puedes añadir: “¿Qué has elegido tú?”. O le puedes preguntar: “¿Quieres conocer a Dios?”, según el Señor te guíe. Exploramos un poco más esta pregunta tan importante. Para los que ya creemos, vemos que Dios, en su sabiduría, determinó que era necesario que Satanás descendiese al mundo para probar al hombre; esto, por un lado, y, por el otro, para revelar su salvación. Dejó al hombre libre para elegir: seguir los caminos de Dios o los del diablo. La primera opción lo libera, lo restaura, y lo hace apto para participar en su reino eterno, y la segunda opción lo prepara para ir con el diablo y sus ángeles a la eterna perdición.
Si el hombre opta por Dios, Dios le revela su salvación y, al hacerlo, Dios se revela a Sí mismo. Nosotros estamos mucho mejor por haber vivido en este mundo bajo las tentaciones y el sufrimiento que inflige Satanás que si no hubiese sido arrojado a la tierra. Debido a la presencia de Satanás en este mundo conocemos hasta qué punto puede llegar el amor de Dios, hasta el punto de enviar a su Hijo a este mundo infestado de demonios y sufrir la agonía del Calvario para salvar al hombre. Conocemos la compasión y humildad de Dios de manera que no lo conocían Adán en el Edén antes de la caída. Conocemos la abnegación, el servicio, la generosidad, la paciencia, la magnanimidad, la condescendencia, el autosacrificio de Dios y su gracia, de manera que nunca los habríamos conocido si no hubiese sido por el diablo y la caída del hombre.
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