“Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos” (Amós 2:6).
Lectura: Amós 2:7-12.
¿Qué otros motivos tenía Dios por estar airado con su pueblo?
Es interesante notar que los pecados de Judá que provocaron al Señor a ira eran de tipo religioso, pero los de Israel que trajeron el castigo de Dios sobre la nación eran pecados sociales. Judá rechazó la ley del Señor, no guardando sus ordenanzas, y adorando a dioses falsos (2:4), mientras que Israel cometió otra clase de pecados: Vendían a la esclavitud a los pobres, negaban justicia a los oprimidos, un padre y su hijo tenían sexo con la misma chica, “sobre las ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar; y el vino de los multados beben en la casa de sus dioses” (2:8). Multan a los pobres, les quitan la ropa que usan para cubrirse por la noche, usan el dinero de impuestos injustos para comprarse vino y se emborrachan en la casa de sus ídolos. Esta es una depravación que provoca a ira a Dios.
Dios ya había hecho todo lo posible por ganar su amor y gratitud, pero no habían respondido: “Y a vosotros os hice subir de la tierra de Egipto, os conduje por el desierto cuarenta años, para que entraseis en posesión de la tierra del amorreo. Y levanté de vosotros hijos para profetas, y de vuestros jóvenes para que fuesen nazareos. ¿No es esto así, dice Jehová, hijos de Israel? (2:10, 11). Dios les había hecho un gran favor llamando a sus jóvenes a ser profetas o nazareos. ¿Cómo respondió su pueblo? ¿Con gratitud y devoción al Señor por su redención, por la bendición material, y por llamar a sus hijos al ministerio? No. “Mas vosotros disteis de beber vino a los nazareos, y a los profetas mandasteis diciendo: No profeticéis” (2:12). Por tanto, el juicio de Dios va a caer sobre ellos. Cuando al Señor lo tratamos con descaro, cuando utilizamos a los desgraciados para nuestra diversión, cuando nos burlamos de lo sagrado, la respuesta de Dios es fulminante.
La ética estaba por los suelos, la ley y el orden estaban en declive y la moralidad estaba en decadencia. Se usaba la autoridad para extorsionar, aceptaban sobornos, les quitaban el grano a los pobres, oprimían a los justos, no había justicia en los juicios, los líderes nacionales ostentaban su poder para alimentar su orgullo. Dios estaba al corriente de cada detalle que pasaba: “Porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres. Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo” (5:12, 13). El justo no abría la boca porque sabía que no iba a servir para nada. Israel había disfrutado de muchos privilegios y, por tanto, Dios exigía más de ellos que de las naciones paganas. Ellos estaban tranquilos pensando que gozaban del favor de Dios, pero “el privilegio no otorga salvación; al contrario, más se demandará a aquellos a quienes más se les ha dado: cuanto más grande la luz, más grande es el riesgo. La iglesia no está exenta de juicio, por el contrario, es en ella donde el juicio comienza” (J. A. Motyer).
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