LA SOLUCIÓN DE ELIÚ

“Al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz” (33:27, 28).
 
Lectura: Job 33:23-28.
 
El joven Eliú, al igual que los tres amigos de Job, tiene la intención de derribar los argumentos de Job y mostrar que Job es culpable delante de Dios, pero él va más allá que los tres amigos. Lo que pretende es destruir a Job. Le viene con palabras que suenan muy bien, pero que no se aplican a Job. Lo que dice es que, si un hombre está en las últimas, al borde de la muerte, y tuviese cerca de él “un elocuente mediador muy escogido”, Dios le mostraría misericordia, lo redimiría, lo sanaría de su enfermedad, y volvería a estar como en los días de su juventud. La única condición que pone es que tiene que arrepentirse. Entonces Dios lo oirá, lo amará y estará cerca de Él. “Él mira sobre los hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz” (33:27, 28). ¡Qué bonito suena! ¡Que fácil! Job solo tiene que admitir que ha pervertido la justicia. Si lo reconoce, su piel se volverá como la de un bebé, y sentirá el amor y la cercanía de Dios, como en días pasados.
 
¡Este es el evangelio que predicamos! Pero no se aplica a Job, porque Job no ha pervertido la justicia. Job no puede mentir para salir de este embrollo. Perdería su integridad. Daría la razón al enemigo de su alma que le acusa día y noche delante de Dios: “…el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche” (Ap. 12:10). Job no puede hacer esto. Perdería su integridad. Y es precisamente esta integridad la que Dios valora: “Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?” (2:3).  Este es el penúltimo intento de parte del enemigo de Job de destruir su integridad. Job no cae en la trampa, aunque lo que se le ofrece es justo lo que anhela, pero no lo puede conseguir al precio de su integridad. Job no sucumbe, pero sale de la tentación pareciendo un hombre orgulloso, tozudo, engreído que rechaza la generosa oferta de Dios.  
 
¿Te identificas con la situación de Job? ¿Alguna vez te has sentido acusado de equivocarte en una decisión que has tomado delante de Dios en oración y con mucho temor a Dios? Tenías mucho miedo de equivocarte. Y cuando salió mal el enemigo te ha dicho que lo que has de hacer es confesar que no oraste lo suficiente, que no tomaste en cuenta ciertos factores, que has de reconocer que todo fue tu culpa y, si lo haces, Dios te perdonará y lo pondrá bien. Pero no puedes, porque buscaste a Dios de todo corazón. Pero la culpa no puede ser de Dios, así que ha de ser tuya. Pero no puedes confesar como pecado aquello que hiciste bien, y, por lo tanto, no tienes ninguna salida. Y te quedas sin ninguna solución. A las personas concienzudas les puede pasar esto, las que realmente temen a Dios y quieren hacer todo bien, y la consternación es terrible. El enemigo juega sucio, y lo que le está pasando a Job es un buen ejemplo. 

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