PROSIGUIÓ ELIÚ

“Prosiguió Eliú en su razonamiento, y dijo: ¿Piensas que es cosa recta lo que has dicho: Mas justo soy yo que Dios? Porque dijiste: ¿Qué ventaja sacaré de ello? ¿O qué provecho tendré de no haber pecado?” (Job 35:1, 2).
Lectura: Job 35:4-8.


Eliú continúa su diatriba contra Job sin tregua ni descanso, como si le produjera satisfacción herir al mal herido. Pinta un cuadro de Dios que no se corresponde con la revelación que tenemos en las Escrituras, de un Dios distante que no se interesa ni por el sufrimiento, ni por el pecado de los hombres: “Mira a los cielos, y ve, y considera que las nubes son más altas que tú. Si pecares, ¿qué habrás logrado contra él? Y si tus rebeliones se multiplicaren ¿qué le harás tú?” (35:5, 6). La respuesta a esta pregunta está escrita con sangre en el Calvario. A Dios sí que le importa el pecado humano y movió cielo y tierra para erradicarlo.   
Eliú no se cansa de acusar a Job de falta de sabiduría, pero para nosotros ya llega a ser muy cansino: “Por esto Job abre su boca vanamente, y multiplica palabras sin sabiduría” (35:16), justo lo contrario de lo que dice Dios de su siervo Job.
Ahora el joven locutor habla de Dios: “He aquí que Dios es grande, pero no desestima a nadie; el poderoso en fuerza de sabiduría. No otorgará vida al impío, pero a los afligidos dará su derecho. No apartará de los justos sus ojos; antes bien con los reyes los pondrá en trono para siempre, y serán exaltados” (36:5-7). La teología de Eliú es muy sencilla: los buenos prosperan y los malos son castigados, y esto ocurre inmediatamente. ¿Qué habría dicho de Jesús si lo hubiese visto pendido de la cruz, cuando la justicia le fue negada, y cuando Dios apartó sus ojos de él? Sí, a lo largo fue exaltado, pero no antes de pasar por el crisol. Las cosas no pasan en el momento. El autor de la carta a los Hebreos nos anima a tener paciencia: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Heb. 10:35, 36). Esto será cierto del justo Job, pero tiene que esperar un poco todavía.
Pero Eliú no tiene palabras de consuelo para Job. Le dice: “Mas los hipócritas de corazón atesoran para sí la ira” (36:13). Esta ha de ser la esperanza de Job, la de encontrarse con su Hacedor en el día de su ira. Según Eliú no le espera otra: “El trueno declara su indignación, y la tempestad proclama su ira contra la iniquidad” (36:33). ¡Toma! ¿El discurso de Eliú está trayendo consuelo al alma afligida de Job? ¿Le está ayudando a encontrar el camino a Dios? ¿Está restaurando su alma?
¿Y qué hago yo en circunstancias similares? ¿Puedo traer profundo consuelo y alivio a los que sufren? ¿Conozco lo suficiente a Dios para acercarlo a los que le están buscando en medio de aflicción? En el contexto de la muerte, el salmista escribió estas palabras: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11). Estas son las palabras que el apenado enfermo necesita oír. Hemos de poder ministrar a su necesidad y ayudarlo a entrar en la presencia de Dios donde hay esperanza.

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