¿CÓMO SE PREPARÓ JESÚS PARA LA CRUZ? (3)

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34).
 
Lectura: Juan 4:30-34.
 
Como padres, preparamos a nuestros hijos para servir al Señor enseñándoles a ser disciplinados con la comida, que coman lo que se les ponga en el plato, que lo reciban dando gracias a Dios por él, que no malgasten sus dineritos en caramelos o patatas fritas, y que no piensen que se les deben sorpresas y chuches, y cosas especiales cada día. ¿Cómo van a aprender a llevar su cruz y servir al Señor si son mimados y consentidos? Un consentido no crucifica su carne. El Padre no consintió a su Hijo, ni le dio caprichos. Muchas veces su copa fue amarga, pero la apuró para agradar al Padre. Esto es lo que deseamos ver en nuestros hijos, y hemos de enseñarles pronto, cuando son bebés, si lo queremos conseguir. Estamos formando discípulos para el Señor, no adultos que vivirán para sus propios placeres.  
 
Les ensenamos que no pueden tener lo que quieren siempre, que han de aceptar un no de parte de sus padres sin insistir en su voluntad, protestar y patalear. La obediencia significa aceptar los límites impuestos, cumplir con sus obligaciones, y obedecer inmediatamente. La meta es que aprenden a hacer lo que saben que deben hacer sin que nosotros digamos nada. Así los preparamos a someter su voluntad a la Dios para que puedan servirle ya de pequeños.
 
El buen uso del tiempo y del dinero forman parte de un buen siervo de Dios. Los niños ya de pequeños pueden aprender a ser prudentes con el uso del dinero y gastarlo sabiamente. El adulto que no sabe usar bien su dinero ya va a tener problemas en su vida cristiana. Esto se aprende ya de pequeño.      
 
Y, en cuanto a la fe, han de aprender las historias de la Biblia, pero más importante aún es que les ayudemos a formar un carácter cristiano, que amen a la gente, que sean corteses, bien educados, atentos a las necesidades de otros, y serviciales. No han de ser el centro de la atención, sino los demás. Que no se haga lo que ellos quieren, sino lo que Dios quiere de ellos. La parte profundamente espiritual, como el nuevo nacimiento y el conocimiento real de Dios, depende de su relación personal con Él, pero nosotros hacemos la parte que podamos mientras sean pequeños y Dios hará el resto. Cuanto mejor hacemos la parte que nos corresponde, menos tendrá que hacer Dios por medio de su disciplina, que puede ser dura. Ellos son nuestros discípulos, y nosotros somos los del Señor. Un niño correctamente disciplinado en un hogar cristiano ya tiene mucho ganado para ser un fiel siervo del Señor toda su vida.  
 
Que nuestros niños vean nuestro amor por el Señor y nuestro deleite en estar en su presencia, y en servir a los demás por amor al Él, y que sean imitadores de nosotros, como nosotros lo somos de Cristo, ¡con mucho todavía que aprender!   

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