LOS HERMANOS DE JESÚS

“Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto” (Juan 7:6).
 
Lectura: Juan 7:1-9.
 
Los mensajes y milagros de Jesús no siempre provocaban admiración y gratitud. A veces la reacción de la gente era todo lo contrario, como en el caso del paralítico de Betesda que denunció a Jesús a los fariseos después de recibir su sanidad milagrosa: “El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle” (Juan 5:15, 15). Después de predicar su maravilloso mensaje y ofrecerse como el pan que descendió del cielo “para que el que de él come, no muera” y decir: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (Juan 6:55), la reacción de muchos era la de abandonarlo: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (6:66). El mensaje de Jesús ofende a muchos.
 
En su propia casa el Señor lo acusaba: “Ni aún sus hermanos creían en él” (7:5). Cuando estaba cerca la fiesta de los tabernáculos se burlaban de él y con sarcasmo le decían: “Si buscas popularidad, vete a la fiesta y muéstrales lo que puedes hacer. Haz milagros y promociónate. Ya que quieres fardar, esta es tu gran oportunidad. ¡Puedes actuar delante de las multitudes y hacerse famoso!”. Nada podría estar mas lejos de la intención de Jesús. Jesús no buscaba la aprobación de las multitudes, ni la popularidad de los hombres, sino la gloria de su Padre. Por lo tanto Jesús se quedó en Galilea y no subió hasta más tarde a la fiesta, “y no abiertamente, sino como en secreto” (7:10).
 
Los hermanos de Jesús pensaban como hombres. La gente del mundo busca aceptación, popularidad y fama. Para ellos hay que aprovechar cada oportunidad para impresionar a los demás. Jesús confrontó a sus hermanos con estas palabras: Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto. No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiestaporque mi tiempo aún no se ha cumplido” (7:6-8). Para la gente del mundo esta vida es la oportunidad para hacerse un nombre y conseguir fama y popularidad, pero para Jesús, la exaltación no vendría hasta mucho más tarde. Él sería rechazado y crucificado, saldría de este mundo y volvería al Padre; entonces el Espíritu Santo le daría a conocer y el Padre le glorificaría. Los discípulos saldrían por todo el mundo predicando el evangelio de Cristo y su nombre sería conocido por todo el mundo, pero no en aquella fiesta, y no por medio de él mismo. Sería por su obra en la Cruz que el Padre le daría un nombre que es sobre todo nombre.
 
Llegaría el día en que su gloria sería revelada al mundo entero: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2: 9-11). La glorificación de Jesús glorifica al Padre. Hay un momento para cada cosa, y Jesús sabía esperar.

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