“Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí. Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Romanos 15:3, 4).
Lectura: Job 7:11-21.
Job da plena expresión de su dolor en este capítulo. Derrama la congoja de su alma: “Hablaré en la angustia de mi espíritu, y me quejaré con la amargura de mi alma. Abomino de mi vida; no he de vivir para siempre; déjame, pues, porque mis días son vanidad. ¿Hasta cuándo no apartarás de mí tu mirada, y me soltarás siquiera hasta que trague mi saliva? Si he pecado, ¿qué puedo hacerte a ti, oh Guarda de los hombres? ¿Por qué me pones por blanco tuyo, hasta convertirme en una carga para mí mismo?” (Job 7:11, 16, 19, 19, 20).
Hemos de tener mucho cuidado a la hora de atacar a los santos de Dios, de no acusar de pecado a los que Dios ha justificado. Un comentarista bíblico censura a Job por su respuesta frente a su sufrimiento. La que escribe llegó a conocer al Señor a través de un hombre que pasó 50 años en la cama con dolores de muerte, pero que manifestó el gozo de su Señor todos los días de su enfermedad, pero no se puede comparar con Job, porque él tenía el Espíritu Santo, pero Job no lo tenía. Nuestro amigo conocía al Señor Jesús, pero Job no. Él tuvo la consolación de las Escrituras, pero Job no tuvo ni una sola palabra de las Escrituras. ¡Las estaba escribiendo él! Estaba dando la revelación del sufrimiento que sostendría a todos los sufridores a lo largo de las generaciones. Y un punto en aquella revelación es que nuestro sufrimiento viene dosificado según la capacidad de nuestra fe. Job tenía una fe enorme, por lo cual su sufrimiento fue enorme.
No obstante Dios lo guardó para que no se volviese loco en medio de toda su angustia y dolor. Las cosas que dice son una revelación de las profundidades de dolor a las cuales una persona puede llegar, y especialmente, anticipan las profundidades del sufrimiento de Jesús en la cruz. Job dijo: ¿Por qué me pones por blanco tuyo? El Señor Jesús sí que fue el blanco de la ira de Dios. En Job vemos la angustia de Jesús acerca de cómo Dios lo estaba tratando hasta llegar a decir: “¿Por qué me has desamparado?”.
Nosotros sí tenemos la revelación del amor de Dios en Cristo, el ejemplo de Jesús y la consolación de las Escrituras, “a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”, pero Job no tuvo nada de esto. Sin embargo, en medio de todo lo que pasó no pecó. El apóstol Pedro, en medio de su aflicción, meditaba en el ejemplo de Jesús: “También Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2:21). Y el Señor Jesús en la suya recibía la consolación de las Escrituras que le dieron esperanza: “Vivirá por días sin fin, y la voluntad de Adonai triunfará en su mano. A causa de la aflicción de su alma, verá luz y quedará satisfecho” (Is. 53:10, 11, BTX). ¡Qué ejemplo nos ha dejado!
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