LOS CINCUENTA DÍAS (3)

“Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos” (Juan 21:1, 2).
 
Lectura: Juan 21:3-9.
 
“Estaban juntos”. No se despegaron los unos de los otros. Se habían acostumbrado a estar siempre juntos. Aunque el Señor ya no estaba delante dirigiendo sus movimientos, permanecían juntos. Tantas experiencias inolvidables los unían. Se pertenecían los unos a los otros. El Señor los había unido en un solo cuerpo para siempre. Así que, cuando Pedro dijo: “Voy a pescar, ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo” (21:3). Conocemos la historia: pescaron toda la noche sin coger nada. “Cuando ya iba amaneciendo”, se presentó Jesús en la playa; “mas los discípulos no sabían que era Jesús” (21:4). Les preguntó si tenían algo de comer y le respondieron que no. Entonces les dijo que echasen las redes a la derecha de la barca y cogieron tantos peces que sabían que se les había ocurrido un milagro, y esto despertó la memoria de Juan y recordó a la misma experiencia que habían tenido con Jesús cuando primero lo conocieron (Lucas 5:4-6), y sabía que era Jesús.
 
Estaban empezando de nuevo con Él, como al principio, pero diferente. Jesús tenía un desayuno esperándoles en la playa. La última vez que habían comido con Él era una cena en el ocaso de su vida. Ahora era un desayuno porque había apuntado el alba de un nuevo día. Jesús había resucitado y todo había cambiado. Les dijo Jesús: Venid, comed. “Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú quién eres?, sabiendo que era el Señor” (21:12). Sabían y no sabían. Dudaban, pero creían. “Vino, pues, Jesús, y tomo el pan y les dio, y asimismo del pescado. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos” (21:13, 14). ¡Esta historia es tan real! Sus reacciones eran las normales delante del milagro tan grande que estaban viviendo. Todas las historias de la resurrección llevan el elemento del asombro. Parece que están viviendo un sueño, pero real. Una historia de resurrección inventada en que todos esperaran la resurrección y reaccionaran con gozo, no sería creíble. Estas historias convencen de que son auténticas. Llevan el sello de la realidad.
 
Jesús los volvió a llamar como al principio. Era el comienzo de una nueva etapa en su vida con Él. Antes tuvo que restaurar a Pedro. Una vez hecho, “dicho esto, añadió: Sígueme” (21:19). Pedro iba a seguirlo fielmente todo el resto de su vida, dando de comer a sus ovejas, insistiendo con ellas, para que ninguna se perdiera, tal como el Señor había hecho con él. Les sigue advirtiendo hasta el final: “Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que, arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén» (2 Pedro 3:17, 18). ¡Cómo los amaba! ¡Y cómo amaba al Señor Jesús!