“Y Agripa dijo a Festo: Podía este hombre ser puesto en libertad, si no hubiera apelado a César. Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta. Y embarcándonos en una nave adramitena que iba a tocar los puertos de Asia, zarpamos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica” (Hechos 26:32-27:2).
Lectura: Hechos 26:24-31.
Y así embarcamos en el cuarto viaje misionero de Pablo. Algunos estudiosos de las Escrituras enseguida dirán: Un momento, Pablo solo hizo tres viajes misioneros. Esto es cierto, viajes misionaros oficiales, pero este viaje a Roma no era menos misionero que los otros. Pablo no se había jubilado. No estaba de vacaciones. No se había dado de baja del ejército del Señor. No iba de civil. Iba como soldado y misionero del Señor como siempre. Hizo una gran labor misionera en este viaje: con la tripulación y los pasajeros del barco, unas 260 personas que iban a bordo con él, en la isla de Malta donde estuvieron tres meses, y en la ciudad de Puteoli, ya en Italia, donde pasó una semana con los hermanos ministrándolos, y con la iglesia de Roma. Fue un viaje muy aprovechado para los fines de Dios en el cual el apóstol dio testimonio, evangelizó, predicó, y ministró, ya en calidad de prisionero.
Con los que iban a bordo:
Por la mucha experiencia que Pablo había tenido en sus viajes misioneros previos, aconsejó al capitán que no navegase en invierno: “Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo los amonestaba, diciéndoles: varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio”, pero no le escucharon y como consecuencia se encontraron en una tormenta de alta mar que habría hundido el barco si no hubiese sido por Pablo, a quien Dios había determinado que llegase a Roma para testificar allí. En la furia de la tempestad, Pablo, puesto en pie en medio de ellos, dijo: “Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta…”, y Pablo procedió a comunicarles el mensaje que Dios le había dado: que ninguno iba a morir, pero que el barco sí iba a hundirse. Pablo más o menos tomó el mando de la nave, y todos llegaron bien a la isla de Malta. Su palabra, su presencia, su ejemplo, y su fe salvó sus vidas y testificó de la realidad de Dios a todos los que viajaban con él.
En la isla de Malta
Aquí también Pablo fue protagonista y comunicó el evangelio por medio de su servicio, de su ejemplo, del milagro que hizo Dios al salvarlo de la víbora, y las sanidades que Dios hizo por medio de él: “También los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados”. Los isleños les cogieron cariño y los honraron con muchas atenciones; y cuando zarparon, los cargaron de las cosas necesarias. Todo los del barco se beneficiaron de su presencia entre ellos.
En Puteoli
“Habiendo hallado hermanos, nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días”. Lucas no nos cuenta nada de estos siete días, pero habrían sido muy importantes para la vida de esta iglesia sin lugar a duda. A Pablo ya lo conocemos: siempre al servicio de Dios y de los hermanos, día y noche, de misionero o de prisionero, siempre el fiel siervo de Jesucristo.